Epopeyas del disparate

Comienza el curso y observo al país entretenido con dos aventuras distantes y similares. Una de pura ficción, otra de ficción impura. Y debo confesar que yo también estoy atrapado por las dos. Casi todos los días, desde que caí en la tentación de comprar el paquete completo de vídeos, me siento a ver un capítulo de “Juego de tronos”, un acontecimiento televisivo universal.

La serie, hasta dónde llevo visto, es una propuesta argumental disparatada que engancha con la fuerza de una droga dura. En un falso ambiente medieval -donde ya comen patatas antes de descubrir el uso de la pólvora o el continente americano, los dragones son animales de compañía, existe un muro que separa un país, Invernalia, de los salvajes del norte nevado, se ven zombis montando a caballo, los cuervos son correos, las escenas de sexo resultan brutalmente machistas y cualquier magia es posible-, la lucha por un trono de hierro desata todas la maldades humanas imaginables.
Y, estoy llegando a pensar, que es ahí donde reside el éxito. En la escenificación de la ambición y en el triunfo del mal, encarnado prácticamente por todos los personajes. Es una gran lucha de poder entre perversos poderosos, quienes utilizan y masacran al pueblo para sacar a flote sus intereses de reyes y nobles incestuosos, crueles, rijosos, malvados, asesinos y traidores. Una hiperbólica ficción pura construida sobre una gran verdad: las tópicas miserias del poder.
La otra aventura, a la que no podemos quitar ojo, es la sucesión de disparates políticos desencadenados en esa parte de Cataluña que pretende cabalgar sin freno hacia la creación de un Estado propio. Una comunidad donde el estallido de los atentados de mediados de agosto se ha convertido en una nueva cruel batalla de competencias e incompetencias, de falsos pudores y navajazos dialécticos.
La instrumentalización partidaria e institucional de las muertes acaecidas en las Ramblas de Barcelona, en Cambrils y Alcanar, está destapando todas las perversiones de un juego de poder absolutamente miserable. La trama, que vamos conociendo con la misma cadencia de una serie televisiva, se retuerce sobre sí misma con mentiras, medias verdades y cabos sueltos.
En ella se dan por cerrados asuntos que los espectadores aguardamos ver abrirse en cualquier momento, como fue dar por desarticulada la célula yihadista, sin saber quién puede ser el tercer muerto de la explosión del chalet de Alcanar. ¿Quizás el misterioso francés del que se habló al comienzo de la serie? Tenemos la sospecha de que la financiación venía de Europa. Hemos descubierto que la competencia entre los cuerpos de seguridad produce inseguridad y es vergonzosa. Han aparecido advertencias de la CIA. Sospechamos de gargantas profundas y adivinamos que el mal olor de la narración es, simplemente, consecuencia de la fricción de independentismo versus unidad.
Una aventura de ficción impura que, por inquietante, nos mantiene en vigilia, sabiendo que este disparate, como “Juego de tronos”, puede alzarse en el futuro convertido en epopeya.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar