Tras el atentado de Barcelona


 

Creo que fue en esta misma sección donde comenté hace algún tiempo la similitud entre el estado de ánimo que queda tras un grave atentado terrorista y el que experimentamos cuando conducimos el coche. Al volante nos acompaña normalmente una cierta sensación de invulnerabilidad. Pero si pasamos delante del lugar de un accidente, de improviso nos damos cuenta de que no es así. Durante un rato vamos más despacio; prestamos mayor atención. Pero sólo durante un rato. Al poco tiempo, lo hemos olvidado. En la vida convivimos no pocas veces con el miedo, pero al final lo filtramos.

El problema es que lo que comprensiblemente sucede a nivel individual da la impresión que también ocurre después de un atentado cuando de actuaciones gubernamentales y policiales se trata. Durante un tiempo se mantienen las medidas extraordinarias adoptadas, pero luego parece haberse levantado el pie y la colaboración internacional no avanza con la eficacia requerida.

Cierto es que resulta harto difícil, por no decir imposible, hacer frente con probabilidades de éxito a las distintas modalidades de ese terrorismo yihadista que en estos momentos supone la mayor amenaza para la paz y la seguridad mundial. Pero su reiteración y alcance constituye otra dramática evidencia de la perentoria obligación de perseverar en los esfuerzos.

En anteriores ocasiones las grandes plazas atacadas han sido Madrid, Londres, París, Berlín, Bruselas, Niza o Estocolmo. Esta vez le ha tocado a Barcelona. Una ciudad –se ha dicho- acostumbrada a no sufrir demasiado, ya que en los últimos años todo le ha venido de cara y tuvo a su favor el pacto de la izquierda nacionalista catalana con el terrorismo etarra, pero que el jueves perdió la sensación de invulnerabilidad que de alguna manera la acompañaba.

Sorprende, con todo, que su calle más céntrica, emblemática y transitada cual es La Rambla estuviese sin protección especial alguna, pese a la recomendación policial, luego del atropello de Berlín, de acotar con bolardos u otras barreras arquitectónicas las zonas más concurridas.

Por lo demás, aunque con horas de retraso, la unidad política e institucional escenificada ante el dolor ha sido más que aceptable. De todas formas, llama la atención la escasa o nula presencia operativa de los poderes centrales en el control de la situación.

Bien es verdad que los mossos de e´squadra son considerados como policía integral. Pero no parece muy normal que una acción mayúscula y con repercusión más allá de nuestras fronteras, llevada a cabo por un comando muy amplio y capaz de utilizar múltiples formatos haya sido manejada casi en exclusiva por una policía autonómica.

En realidad y cuando por fin en la pequeña pantalla le dieron paso, Rajoy se limitó a una declaración institucional y a anunciar los días de luto oficial establecidos. Y el colmo fue que la información de TVE llegara a su audiencia en traducción simultánea desde el catalán.

 

 

 

 

 


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