Los reencuentros de Agosto


Son buenas las vacaciones. Tanto para lo bueno como para el cansino final de los últimos días con el que llegamos a consolar el regreso a lo cotidiano. Para todos, de alguna manera, este tiempo estival que necesita de un paso más sosegado y esquivo con la prisa, nos mejora el ánimo y la necesidad de compartir tiempo. La información diaria queda arrinconada en la espalda para volver a observar con la calma hermosamente humana. Buena terapia para enlazar todo aquello que hemos hecho durante el último año y excelente terapia para relativizar tanto de lo que nos cuentan del día a día.

Aquellos que tenemos la suerte de perdernos en una pequeña aldea podemos ser observadores de que por mucho que hablemos todos los días de exclusivas informativas, portadas de infarto o reportajes de investigación, la vida continúa a su ritmo, marcado por la naturaleza, a veces tan enferma, a veces tan hermosa. Un estupendo tiempo para recordar los mejores momentos de juventud que todavía saben a sueños en nuestra consciencia, pero a los que miramos con cierta nostalgia al garantizar lo que quisimos y finalmente, no fue. Es esa fuerza que tanto nos empujó pero que ahora queda como una sibilina sombra que nunca llegamos a alcanzar.

Reflexionar desde el descanso provoca mejores conclusiones, conversar con la calma de la tarde veraniega parece hacernos más cómplices con la racionalidad de la vida y la visceralidad de la existencia. Y ese reloj que parece caminar el tiempo más despacio, mejora la percepción de la actualidad. Los tiempos son duros, aunque pensándalo bien,siempre lo fueron y la incertidumbre del futuro acompaña la existencia como lo hizo con nuestros antepasados. Pero la diferencia reside en lo nuevo que podamos aportar, sin necesidad de repetir ciclos históricos para creernos esa palabra tan hermosa como es la sociedad. Esa inclusión en el grupo para conseguir objetivos comunes que haga avanzar el mismo paso a cada uno de sus miembros.

Son buenas las vacaciones, por supuesto. O tal vez, sea bueno recuperar nuestro tiempo, el que nos pertenece desde el segundo hasta la hora nona. Dará igual el lugar y el horizonte con sabor a monte o a sal. Lo importante será encontrar el buen reposo, ese que nos engaña pensando que la sombra de los sueños quedará agarrada a nuestra espalda. Después llegará lo cotidiano, los horarios infinitos y el batiburrillo de números para llegar a final de mes. Pero,mientras tanto, podremos esbozar una sonrisa porque sabremos que algo del tiempo quedó en las pupilas de nuestro pasado. Tal vez tenía razón Abraham Lincoln cuando dijo que “Al final, lo importante no son los años de vida, sino la vida de los años”…. Pues que así sea…

 


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