Testigo de la Historia

 

En una sala  de arte del primer piso de un edificio de las Ramblas barcelonesas un grupo de mujeres y un turista joven contemplan los cuadros de las paredes y unas esculturas que definen los espacios del centro. Fuera suenan gritos y maldiciones, ellas van a ver que acontece y ponen sus teléfonos a grabar las escenas de terror y muerte que va sembrando una furgoneta por el paseo central.
–Parece un atentado terrorista –comenta la más rubia.
En la misma acera hay una tienda de recuerdo de la que surge un grupo de franceses con los teléfonos en ristre. Enfocan el acontecimiento sin temer por sus vidas. La dependienta tira de ellos hacia el interior pero el más osado se empeña en recoger con su cámara las agonías de los heridos, la desesperación de los acompañantes ilesos, la aparición de la policía…
–¡Niza, Niza y París! –grita el francés mientras se resigna a esconderse.
En el vial de enfrente un estudiante se ha subido al velador de la cafetería donde tomaba una cerveza. La botella y el vaso han rodado por el suelo pero él mantiene el equilibrio, tratando de activar el zum, intentando captar cualquier movimiento de la furgoneta homicida. Se le va de foco.
–¡A la mierda! –grita mientras un policía local lo baja del pódium y lo empuja hacia la calle cercana.
El turista japonés, que retrataba la fachada del Liceo, se ha girado, ha visto chocar la furgoneta contra el quiosco de postales, ha tardado unos segundos cruciales en reaccionar y no ha grabado la secuencia en la que el terrorista abandonaba el vehículo y emprendía la huida por una callejuela adyacente. Dice algo en su lengua, toma a la esposa y escapa.
Muertos, heridos, gente aterrorizada, fuerzas de seguridad actuando con celeridad y eficacia, ambulancias que surgen de la nada con una rapidez increíble, curiosos en las ventanas y balcones con los cámaras/teléfonos en ristre filman hasta el más ínfimo detalle con los que se podría montar una película absolutamente fidedigna de la tragedia.
Unas horas más tardes veremos morir a cinco terroristas en Cambrils gracias a la audacia de otro veraneante, a quien no le tembló el pulso al ver tiroteado y caer muerto en directo al quinto asesino.
Hace tiempo que sabemos que los teléfonos se han convertido en los verdaderos notarios de la Historia. Prácticamente en directo hemos asistido a la gran tragedia de Barcelona en las redes, detrás han ido las cadenas de televisión, las de radio, los medios escritos… deudores de los operadores de cámara anónimos.
Nadie habría podido explicar mejor la realidad. Ningún elogio para los cuerpos de seguridad y sus colaboradores, los sanitarios y los voluntarios, sería más eficaz y contundente de lo que nos han demostrado las imágenes difundidas. Hemos visto un trabajo ejemplar frente al horror. Y, perdonen, pero me ha venido a la mente esa ley que prohíbe filmar a la policía mientras trabaja. Menos mal que nadie la cumple.

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