Venezuela: siembras groserías y se reproducen

De niño y de adolescente, supe lo que es la democracia gracias a los EE UU y a Venezuela. También tuve constancia de lo que era el bienestar y la modernidad debido a esos dos países. Siendo de Brión, un pequeño pueblo cercano a Santiago, casi no podía ser de otro modo. Eran tantos y tantos los que habían hecho fortuna en América que la fascinación planeaba cada verano en cuanto ellos llegaban con sus haigas. Con sus cadenas. Sus trajes. Sus vestidos. Sus zapatos. Y sus regalos para los que éramos de la aldea.

EE UU era ya una gran potencia y una democracia histórica pero Venezuela era mucho más joven en ese sentido. Por eso mismo llamaba más la atención. Tanto, que muchos chavales querían marcharse para aquel Eldorado desde el que llegaban a Brión paisanos que en la taberna de Filiberto mandaban cobrar la ronda de toda la barra.

¿Serían de derechas?, podría preguntar ahora alguien de Podemos. No, eran simplemente de Brión, gente trabajadora y afortunada que se había abierto paso con negocios en Caracas y Maracaibo. Y no eran precisamente de derechas. En mi recuerdo, imborrable, está para siempre el ya fallecido Pepe Piñeiro, que compartía con su hermano Moncho el restaurante El Portón de Caracas, ya desaparecido. José María era socialdemócrata, adeco, y Ramón, más bien de COPEI.

Supe así que en Venezuela había tres grandes partidos, uno democristiano, otro socialdemócrata y un tercero, el MAS, a la izquierda. Con el tiempo, aquella estructura se parecería a la española, con el PP, el PSOE –al que tanto ayudó Acción Democrática– e IU. Venezuela era un gran país, una democracia joven y tenía, además, una libertad de expresión que aquí se echaba de menos. La revista política Zeta, de Rafael Poleo, que me traía o enviaba Pepe Piñeiro complementaba las lecturas de El Nacional y El Universal, dos grandes diarios de Caracas.

Fruto de aquel ambiente, estuve a punto de emigrar a Venezuela –fascinado por un país sobre el que sabía cosas que jamás había visto–, del mismo modo que estuve cerca de quedarme en EE UU, pero finalmente quise vivir los éxitos de la democracia en España. Pepe Piñeiro solía decir que Venezuela era una tierra tan rica que si sembrabas groserías también se reproducían. Por entonces no podía suponer que alguien le estaría haciendo caso y sembraba la semilla de Nicolás Maduro. Sin duda, José María jamás se hubiera imaginado con su arrecha metáfora que su Venezuela de haigas, rascacielos y grandes avenidas estaría abocada a ser un juguete roto.

Ni soy venezolano ni he pisado jamás Venezuela, aunque con el tiempo, siendo director de la revista Capital, el régimen chavista me invitó a Caracas. Decliné la invitación del educado embajador de la época, y me quedé sin conocer a los colegas de Maduro que ahora tanto le ayudan en su deriva totalitaria.

Hasta hace poco defendía, tanto en privado como en tertulias de radio y televisión, que Venezuela era una democracia, con más años de vida que la española: la suya data de 1958, tras la caída del dictador Pérez Jiménez. Más de uno, la verdad, me hizo dudar, pero incluso con Chávez seguí confiando en la democracia venezolana. Hoy, con Maduro, ya no. Pero Venezuela volverá a ser una gran democracia y un gran país, porque tiene todo para serlo: riqueza y, lo que es más importante, personas preparadas. Ahora bien, que nadie le haga caso al pana de Pepe Piñeiro con eso de cosechar groserías… que con Maduro ya basta.

José Luís Gomez es periodista y editor de Mundiario.com

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