Reformas estructurales

He visto pasar un caballo blanco, con un aguerrido jinete sobre él, galopando con aires de fiesta y blandiendo la bandera del optimismo. Ahora que el verano se ha llenado de turistas el caballo y el caballero parecen tener el don de la ubicuidad ocupando todos los medios de comunicación, los spot publicitarios, los programas de fiesta, las estadísticas diversas, los comentarios de tertulias, la gastronomía, las playas… Anuncia que el final de la crisis ha llegado.

Sea bienvenido ese punto final. Pero como tengo la mala costumbre de pensar y recapitular sobre todo cuanto acontece por el escenario de mi pequeña existencia, he tratado de posar la mirada en el pasado inmediato, no con nostalgia porque no acostumbro a conjugar el verbo añorar, pero sí con la mirada crítica de quien no acaba de ver una sociedad justa y placentera alrededor. No me gusta este fango en que vivimos.

Llevamos una década embarrados en una crisis económica cuyos orígenes nadie ha explicado convincentemente, más allá del fracaso de gestión de la banca internacional, la nacional y la pequeña (que es la única que ha terminado destrozada y devorada por las otras). Ni más allá de los ejercicios de corrupción política y empresarial, tan viejos como la existencia de la sociedad humana, sin que ninguno de ellos haya logrado superar las prácticas del mítico primer duque de Lerma, valido de Felipe III. Ni más allá de seguir siendo víctimas de la justicia, la hipocresía, el dogmatismo y las guerras tradicionales.

Se nos dijo que para progresar era necesario realizar reformas estructurales capaces de crear un bienestar superior al que ya gozábamos. Nos lo creímos porque parecía insostenible una sociedad consumista, olvidada de los sectores primarios, sujeta a la subvención permanente y superpoblada. Y caímos en la trampa de saludar a la globalización para ahuyentar la crisis y la miseria. Era falso, tan falso como el caballo blanco que ahora galopa.

Solo se ha reestructurado el sistema bancario con el auxilio de la ciudadanía pasiva y con miles de trabajadores expulsados del sistema. Se han acotado los mercados inmobiliarios para mejor controlar el crecimiento de la riqueza familiar. Se han endurecido los impuestos para las clases medias y bajas, fijando nuevas estructuras de castas sociales. Se han anclado la cultura y el bienestar para mucho tiempo. Se ha dado voz y escaños parlamentarios a la indignación, para demostrarles que ellos también son lobos hambrientos. Esta está siendo la peor crisis de la historia moderna y de la que, por primera vez, la sociedad no saldrá de ella reforzada con argumentos y mecanismos para el progreso universal.

Miro a mi alrededor veraniego y veo cómo la reestructuración fundamenta sus éxitos en la precariedad laboral. Cómo las viejas fórmulas del turismo de playa, la tímida resurrección de la construcción, la venta masiva de automóviles, el consumo de energías no renovables, el crecimiento del endeudamiento familiar, el fin de la cuarentena impuesta a la inversión pública… esto es, los añejos mecanismos del sistema, resultan ser el pesebre del caballo blanco y de su jinete abanderado.

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