Juana en mi casa

Antes de que llamara a la puerta yo ya había abierto mi casa para que se refugiaran Juana Rivas y sus dos hijos. Antes incluso de imprimir y colocar cualquier tipo de cartel porque, nada más aparecer la noticia de su lucha, los corazones se abrieron de par en par en toda la geografía hispana. Una jueza de Granada, interpretando al pie de la letra la aridez sentimental de la ley, decretó que Juana debía entregar sus dos hijos menores al padre maltratador, quien se los llevaría a Italia. Una vez más la víctima de la violencia machista se convertía en víctima de una legislación también machista.

Juana no es un caso ni aislado ni nuevo. Ya hemos vivido otras situaciones similares, mediáticas y escandalosas, cuyos resultados, pasado el interés puntual del momento, desconocemos. Hemos vis- to como fueron arrancados sus hijos a las progenitoras tras haber abandonado a la pareja en otros países, pero ignoramos qué ha sucedido con esas criaturas, cómo viven, en qué situación se encuentran las madres… Estamos ante un signo más de la volatilidad de la sociedad presente y lo aceptamos con resignación o apatía.

Por ello, enseguida comprendimos que el caso de Juana sería otro número para sumar a la estadística de las luchas individuales. Fue entonces cuando se despertó Fuenteovejuna. Las redes sociales, balcones y ventanas se han llenado con frases solidarias, con simbólicas puertas abiertas para dar refugio a la mujer de Maracena y a sus dos hijos. Una solidaridad que no matará al comendador aunque de pronto, en plena aprobación de un hipotético (¿hipócrita?) pacto de Estado contra la violencia de género, el clamor haya roto algunos silencios oficiales.

Mientras Juana llora y el país se indigna, los herrumbrosos mecanismos de la Justicia española siguen su curso. También en este caso vemos que los plazos judiciales, por todos los entramados legales ejecutados o a medio aplicar, son contradictorios con la realidad y la verdadera impartición de la Justicia justa. El emplazamiento para la entrega de los niños choca con los tiempos necesarios para recurrir el dictamen. Contemplamos al maltratador desfilando como un héroe, esgrimiendo denuncias, mientras Juana se convierte en proscrita y presunta loca, “en estado psicológico de desequilibrio emocional”, y no faltará algún artículo del código penal que dé la razón al acosador.

En el proceso no se trasluce por ninguna parte una petición de garantías de solvencia sobre el equilibrio emocional del padre para cuidar y educar correctamente a los hijos. Únicamente se condena la huida de la madre maltratada, en virtud de una legislación protectora del macho. Para interpretar la situación solo se esgrimen ar- gumentos que parecen tanto de leguleyos como de personas vacías de sentimientos.

Se me dirá que las leyes no pueden estar sujetas a los estados de ánimo de quien las imparte, pero no podrá negárseme que sí son dependientes de las ideologías y de la educación de los individuos togados. Se me dirá que no estamos en tiempos de Salomón, pero yo les contestaré que la madre entregaría los hijos vivos al padre, mientras al maltratador no le importaría llevarse su mitad, aunque solo fueran despojos.

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