Un país desde las entrañas


 

A este país nunca le sientan bien las conmemoraciones. Pienso que debe estar justificado en la falta de respeto hacia nuestra propia historia, a nuestra impronta, tan torpe por nunca mirar hacia atrás para comprender errores y aciertos de tiempos pasados. Y esta semana tuvimos conmemoración y bochorno social. Era muy probable, cuando lo sufrimos día a día por el incumplimiento de una ley de memoria histórica que sigue siendo elemento discrepante entre nosotros.

A cuenta de los 20 años del terrible asesinato de Miguel Ángel Blanco, hemos tenido nuestra dosis de estupidez y de batallitas de salón. No quiero recordar como viví personalmente aquellos días. Cuando personalizamos tanto los hechos históricos, perdemos parte de la memoria colectiva. Creo que ese es el gran problema que tenemos. Hoy casi todos los que hablan repiten las mismas lágrimas y los mismos recuerdos. Nos quedamos con el nombre propio y olvidamos a quienes teníamos en la calle. Que, contra el silencio de un gobierno ante el chantaje de unos asesinos, la sociedad fue la que tomó el protagonismo. Poco más podíamos hacer frente a los chantajeadores y los chantajeados que, realmente, éramos todos. Pudimos olvidar que fuera de Euskadi parte de la sociedad hablaba de esa estúpida relación entre vascos y etarras, y fue la propia sociedad vasca la que estalló por los cuatro costados en aquellos días, con valentía y patada en la calle. A esa actitud nos unimos todos. Nadie mejor que esa sociedad para gritar basta ya tras años de lucha en silencio desde organizaciones como Gesto por la Paz, editoriales y cartas en prensa diaria donde casi ponías en la diana tu propio nombre y el arrinconamiento día a día a una banda de terroristas que perdían horizonte y como pataleta seguían sumando injustificables bajas. No creo que Miguel Ángel Blanco fuera un héroe. No tomó la decisión personal de serlo. Y puestos a sumarme a sentimientos me angustia imaginar sus pensamientos antes de morir. Estoy convencida que nunca lo hubiera querido. Tanto como cualquiera de nosotros. Creo que esos honores sociales se los debemos a él y a todas las víctimas porque no fuimos capaces de defender sus vidas. Es el premio de este sistema que no sabe de sentimientos ante la necesidad de no claudicar ante unos asesinos. Esa es la gran diferencia y por ellos nunca deberíamos distinguir, mucho más allá de homenajes puntuales y personales, a unos pocos. En aquellos días todos éramos Miguel Ángel Blanco, pero no desde su personalismo sino por la necesidad de responder de una vez por todas al chantaje diario de la violencia. De alguna manera, la ejecución de Miguel Ángel nos sirvió para levantar la voz de tanta dictadura del dolor acumulado desde tiempos predemocráticos.

Y después de 20 años, afeamos nuestra propia historia. Siguen los bandos de los buenos y los malos a partir de nuestra limitada experiencia. Sentenciamos recuerdos impregnados de sentimientos sin una madura valoración de los hechos históricamente reflexionados. Y por ello, no hemos sido capaces de evaluar a nuestras propias víctimas y en el subconsciente nos rondan los caídos por España y los otros. No somos un país cohesionado porque seguimos hablando y existiendo desde los de un lado y del otro, desde la injusta estupidez de ligar la calificación de los hechos con las ideologías y sentimientos. Parafraseando a Antonio Machado que ya decía que en España lo mejor es el pueblo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra si quiera, pero la compra con su sangre, queda claro que todos nuestros héroes descansan en paz, pero nosotros seguimos con el cuchillo entre los dientes. Será porque vivimos en paz con los hombres “y en guerra con las entrañas”.


© 2011 Galega de Comunicación e Información, S.L.U. - Aviso legal - Contacto