Turismofobia


¿Pueden morir de éxito los grandes destinos turísticos como consecuencia de sus logros en la captación de visitantes? Es la pregunta que se vienen haciendo regidores locales, economistas y sociólogos ante la irrupción de los “nuevos invasores”; esto es, de los miles y miles de viajeros – “hordas”, dicen algunos- que atestan las ciudades icono en esta modalidad de ocio que ya es considerada como uno de los más recientes fenómenos disruptivos o rompedores de nuestro mundo, y ante la turismofobia que se ha desatado como reacción.

Una gran metrópoli puede absorber con facilidad un flujo enorme de turistas. Pero ¿cómo pueden garantizar la sostenibilidad ambiental, social y cultural ciudades de tamaño medio donde los visitantes llegan a multiplicar por 400 su población en un territorio que ya no da mucho más de sí?

En este sentido, urbes como Venecia, Ámsterdam, Praga y –en España- Barcelona se enfrentan al encarecimiento de la vivienda y los alquileres, a la sobreocupación y degradación del espacio público, a la pérdida de identidad y a la merma de población, que emigra hacia zonas menos masificadas.

Por poner un ejemplo: en la Ciudad condal, que recibe al año nueve millones de foráneos, una reciente encuesta encargada por el Concello situaba al turismo como la principal preocupación de los barceloneses: un 19 por ciento de los mismos, frente al 0,8 de hace tan sólo cuatro años.

No obstante, lo que está resultando complicado de manejar no es tanto el volumen o número de turistas cuanto la concentración de los mismos en pocos y muy concretos reclamos de la ciudad. Ocurre así también en otros escenarios, como los museos. El Prado, por ejemplo, ha pasado de los 700.000 visitantes de hace cuatro décadas a los 3.200.000 del año último. ¿Y qué sucede? Lo puede comprobar cualquiera que hasta allí se acerque: que la gente se agolpa en muy pocas salas y ante cuadros muy determinados mientras que galerías enteras permanecen vacías.

Con todo, la afición a viajar por placer ha llegado para quedarse. El turismo ocupa ya el tercer puesto en los intercambios de bienes y servicios y supone el 10 por ciento del PIB mundial. El año pasado se alcanzaron los 1.235 millones de turistas y antes de 2050, con el crecimiento de China, India y otros mercados emergentes, la cifra se triplicará. Se trata, pues, de un sector básico de la economía, de creación de valor añadido y empleo.

Difícil es, en efecto, encontrar actividades productivas que no incorporen lo que los expertos llaman externalidades negativas; es decir, costes que repercuten en el conjunto de la sociedad y que no están incluidos en la explotación de los agentes económicos que operan en el sector. Pero hay cosas de las que no se puede prescindir cuando se dispone de ventajas competitivas claras y de marcas globales que tardan años en crearse y consolidarse. El problema radica en eso: en establecer el acertado balance entre costes y beneficios sociales.


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