El vino de Galicia, pilar de la marca-país


La pujanza del vino en la economía gallega es evidente. Es un sector emergente en un mundo como el agrícola a menudo convulso, tras ser objeto de una reconversión de un alcance extraordinario: mucha gente ha dejado de trabajar en el campo para incorporarse a los servicios.

Pero ese carácter emergente del vino –a buen vino, no hay mal bebedor– no es más que un punto de partida para terminar de hacer las cosas bien, especialmente en materia comercial. Galicia tiene cinco denominaciones de origen de tamaño desigual e historias muy distintas pero con un denominador común: todas ellas van a más. Dentro de España, donde la economía gallega representa un 5% aproximadamente en términos de PIB, el peso económico del vino –medido por su comercio total en hectolitros (2,9%)– está muy por debajo de ese porcentaje, pero no así en un aspecto humanamente más importante: en Galicia está el 13,2% de los viticultores de España.

Una primera conclusión salta a la vista: como en tantos otros sectores, Galicia es menos productiva, lo cual deriva en menores rentas para sus protagonistas. Con el 10,9% de las bodegas de España, Galicia sólo acapara en el mercado el 2,9% de las ventas de vino. Asimismo, con el 1,6% de la superficie cultivada para el vino en España mantiene al 13,2% de los viticultores.

A esta conclusión económica cabe añadir otra política: con esas cifras, la política que haga España para el vino nunca pivotará sobre Galicia, realmente muy pequeña a la hora de hablar de comercialización: menos de 350.000 de los casi 12 millones de hectolitros que engrosan el comercio total de vino de España. Y de ello no puede derivarse más que un esfuerzo político de la Xunta para levantar el sector desde Galicia, partiendo de que la estrategia pasa más por la calidad que por la cantidad.

Tiene, pues, todo el sentido que el vino de Galicia –dada su calidad– sea objeto de apoyo institucional, sobre todo de cara a la comercialización en el exterior, pensando en dos claves: el valor añadido y las sinergias con el turismo. Un buen ejemplo de una estrategia de este tipo la dieron este mismo fin de semana en la Ribeira Sacra, ese mundo mágico a caballo de Lugo y Ourense de buen vino, paisajes increíbles y tesoros escondidos del románico. Así, el Consello Regulador de esta zona de producción vinícola con una extensión de 2.500 hectáreas de viñedo celebra desde el pasado viernes en Monforte de Lemos el Festival do Viño da Ribeira Sacra 2017, lo cual dio pie para promocionar caldos de las bodegas Peza do rei –vino con el que brindó el expresidente Barack Obama en alguna ocasión–, Guímaro, Malcavada, Regina Viarum, Abadia da Cova o Rectoral de Amandi, pero también para poner en valor el potencial turístico de la Ribeira Sacra desde el enoturismo. A fin de cuentas, con pan y con vino se anda el camino.

Una prueba de que el vino admite muchas sinergias es que hoy en día es un referente básico del concepto marca-país, especialmente en Francia e Italia, los dos grandes competidores de España en el mundo del vino. Desde Galicia, las dos principales aportaciones las hacen las denominaciones Rías Baixas y Ribeiro, seguidas de las de Valdeorras, Ribeira Sacra y Monterrei. Pero todo indica que en Galicia lo mejor del vino –a nadie le hace daño el vino si se toma con tino– está aún por escribirse, sin perder de vista las experiencias de éxito en países emergentes en este sector, como son Chile, Australia o Sudáfrica.

 

Jose Luís Gómez es periodista y editor de Mundiario.com


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