Benditas vacaciones


 

Parece como si en este país lo que más nos gustase fuera discutir. Hasta los cambios de la RAE traen su consecuente tertulia donde se hace más hincapié en el café que en los argumentos a definir. Pero es incuestionable que, con los tiempos que corren, la falta de confianza en nuestras instituciones hace necesaria una mayor reflexión de todo lo que acontece y librarnos de cierta desidia por todo aquello que compartimos.

Nuestra vida cotidiana queda emplazada en horarios furibundos para cumplir objetivos o enlazada en contratos temporales que nos ayuden a una mejor subsistencia. El día a día nos domina para llegar a fin de mes y promover otra mensualidad más, rezando para que no irrumpa en nuestra existencia ningún gasto extra que nos complique algo más el devenir diario. Por tanto, los más afortunados pueden esperar ansiosos a unas merecidas vacaciones estivales con las que poder romper ese ciclo cotidiano de la incertidumbre. Un derecho de los trabajadores y un deber de los empresarios hacia sus contratados. Algo tan asumido por los diferentes estatutos de los trabajadores que llegados a este primer tercio del siglo XXI ha supuesto un nuevo debate que nunca pensé que tendríamos.

Decir por parte de un dirigente político que no va a coger vacaciones es un poco bochornoso. No por el hecho de no disfrutarlas, sino más bien por el hecho de decirlo. Una actitud que llama la atención al comprobar que no hay sesiones parlamentarias, no hay comisiones de gobierno, se suspenden las agendas institucionales…. En fin, que lo único que le queda es la posibilidad de acudir a su despacho a encender el ordenador. Claro, muy diferente es la situación de los trabajadores, que si renuncian a sus vacaciones seguirán con su actividad diaria irrenunciablemente. Poco podemos comparar, ni tan siquiera pensar en la igualdad de circunstancias. Nuestra clase política tiene la boca muy grande para hacer de lo cotidiano el mejor elemento de propaganda, pero es precisamente en estos asuntos donde más chirría el discurso. Teniendo en cuenta que los políticos cobran debidamente sus remuneraciones como una suerte de gratificaciones por sus servicios prestados, de ahí sus peculiares exenciones fiscales, nada de sus actuaciones pueden compararse con el trabajo al uso. Su dedicación tan necesaria en sí misma, por lo que significa su deber de representarnos, no tiene nada que ver con el trabajo en el tajo. Sus horarios no se corresponden con el fichaje dario de los ciudadanos y sus vacaciones no significan ningún derecho ni deber de su productividad. Casi sería mejor que cualquiera de nuestros representantes políticos tuvieran un obligado tiempo de reflexión, de tiempo para el recogimiento, de saber qué hemos hecho y qué deberíamos hacer. Es salud mental y quedaríamos muy agradecidos. Decía Cantinflas en una ocasión “Algo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado”. Pues el trabajo no, pero las vacaciones… ¡Benditas vacaciones!


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