El Estado solidario

 

El dilema entre intervención y libertad, entre Estado e iniciativa social, tantas veces ficticio e irreal, se esconde esa polémica entre el pensamiento único y el pensamiento complementario. En efecto, desde hace mucho tiempo, el pensamiento bipolar y maniqueo, hoy tan de moda y tan practicado, ha procurado que entre ambos conceptos se produjera una feroz oposición evitando cualquier puente o aproximación entre ellos. La razón reside, me parece, en el miedo, en el temor de los beneficiados por ambas posiciones ideológicas a perder la posición.

Como es sabido, el exceso y la desproporción de la intervención, el Estado estático de bienestar en otras palabras, ha hecho crisis y ha provocado un rápido y creciente vaciado de la caja del Estado. El problema de estos años ha sido, simplificando las cosas, que en nombre de la solidaridad social, quienes en cada momento estaban al frente de los poderes públicos se concentraron en una fabulosa operación de manipulación y control social alimentada financieramente por la minoría propietaria del sistema. Incluso, quien habría de imaginarlo, bajo la bandera de la solidaridad se incrementó una deuda, que más pronto que tarde, caerá sobre las futuras generaciones. Es decir, en nombre de la solidaridad se violaba, y de qué manera, la denominada solidaridad intergeneracional.
La solidaridad, bien lo sabemos los que trabajamos desde los postulados del pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario en el marco de las ciencias sociales, constituye la clave de bóveda para comprender el alcance de la libertad de las personas. En efecto, lejos de los planteamientos radicalmente individualistas, y consecuentemente de los utilitaristas, entiendo –precisamente porque afirmo la dimensión personal del individuo humano– que una concepción de la libertad que haga abstracción de la solidaridad, es antisocial y derivadamente crea condiciones de injusticia.

En este sentido la libertad, siendo un bien primario, no es un bien absoluto, sino un bien condicionado por el compromiso social necesario, ineludible, para que el ser humano pueda realizarse plenamente como tal. Si puede afirmarse que el hombre y la mujer son constitutivamente seres libres, en la misma medida son constitutivamente solidarios.

En efecto, la gran opción moral es vivir libre y solidariamente. El mercado, que es una institución en la que reina la libertad, tiene, sin embargo, en sí misma, elementos sociales, aspectos de solidaridad. El mercado sin límites no es mercado. Igualmente, el interés público sin límites no es interés público. La racionalidad y objetividad que se debe predicar de cualquier actividad humana, obviamente también debe presidir tanto el funcionamiento del mercado como el del Estado.

El Estado es, tras la sociedad, una garantía de solidaridad. Si falla en su funcionamiento básico, nos hallamos ante la ley de la selva, ante la más radical insolidaridad. Todo por el lucro y para el beneficio. Esta ha sido la consecuencia de un sistema que se ha desnaturalizado a causa precisamente de permitir que la libertad opere sin límites. Insisto, la libertad debe ser solidaria y la solidaridad libre. El llamado Estado solidario, me parece, camina por esta senda y buena cosa sería explorar sus características y posibilidades.

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho administrativo

 

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