Asesinados y asesinos

El cortejo fúnebre pasaba frente a nosotros con la habitual calma de los pueblos, con la misma parsimonia de los actos cotidianos, con los mismos rituales de costumbre y el luto de obligado respeto. La cruz de guía llevada por el sacristán, el sacerdote revestido de morado y oro con el hisopo en la mano, un monaguillo con el acetre del agua bendita, el turiferario bamboleando el incensario y un tercer acólito con la naveta del incienso, los tres vestidos de sotana negra con tunicelas blancas sobre ellas. Luego el catafalco, tallado y barroco, a hombros de seis operarios. Detrás la familia, el alcalde, el capitán de la Guardia Civil, el jefe de la Policía Local, el presidente del sindicato vertical…, y el pueblo llano y devoto.

–¿Quién es el muerto? –pregunté–. Debe de ser muy importante para tanto boato.
–Un canalla. Mejor no nombrarlo…

Una vez pasado el último perro callejero seguidor de la procesión, mi padre me reveló algunos signos de identidad del difunto, quien durante la represión franquista se vanagloriaba de haber “descerrajado cuatro tiros al bizcochero”, (un inocente pastelero que dejaba ocho hijos y una viuda enferma). “Lo maté igual que a un perro sarnoso”, pregonaba. También lucía el alto mérito de haber denunciado a cuantos votaron al Frente Popular, de prender fuego al pósito del trigo para quemar a los republicanos allí refugiados… Y de tener una pensión vitalicia por herido de guerra.
Han pasado unos cincuenta años desde aquel entierro y cada vez que visito el cementerio veo flores sobre la tumba de aquel miserable, muerto en su lecho como un héroe local. El cadáver del bizcochero nunca apareció, sus hijos se desperdigaron por el mundo para esconder el estigma de rojos y jamás han regresado al pueblo que les vio nacer.
Ninguno de ellos ha podido seguir una estela semejante a la de Ascensión Mendieta, quien durante casi ochenta años no pudo llevar flores a la tumba de su padre, Timoteo Mendieta, militante de UGT, asesinado por los falangistas en 1939, ya concluida la guerra. La última vez que Ascensión lo besó tenía once años y desde entonces ha pesado sobre ella el haber abierto inocentemente la puerta a los asesinos mientras Timoteo, confiado, dormía la siesta.

Para recuperar los restos del progenitor, Ascensión ha necesitado cuarenta años de lucha, del concurso de la justicia argentina frente a la pasividad de la española, de las aportaciones económicas de electricistas noruegos frente a la desidia de nuestro Gobierno… Solo pedía, como miles de víctimas de la dictadura franquista, reconocimiento, respeto y reparación.

El entierro de Timoteo el pasado domingo en el cementerio de la Almudena fue un clamor de cantos de libertad y justicia, de interpretación del “Himno de la alegría”, de banderas republicanas, de lágrimas y esperanzas… Y de preguntas que se vienen repitiendo durante cuarenta años de democracia, ahora celebrados. ¿Por qué este olvido intencionado? Y no me cabe otra respuesta que la que daría mi padre.

–Porque siempre, donde hay un asesinado hubo un asesino, correligionario del verdugo del bizcochero.

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