Alguien lo sabía

Es un no parar. Ya son 30 las muertes de mujeres por violencia de género contabilizadas este año. Y quince niños huérfanos, sobre los que pende ya un estigma de por vida.

Parece una endemia imposible de atajar. Escuchar a los profesionales que se pasan la vida tratando de ahondar en ese complejo y oscuro mundo alivia por una parte, pero por otra hace que la preocupación crezca aun más.

Alivia constatar que se van dando pasos de forma constante y que se logran avances. Pero causa sonrojo oirles demandar más formación para todos los profesionales que intervienen en las denuncias por violencia machista, desde jueces y fiscales hasta psicólogos y policías. Cabrea escuchar las quejas sobre la falta de medios, el insuficiente número de policías o de psicólogos para atender a las mujeres que acuden con el alma destrozada a denunciar al fin su caso. Deprimen las reiteradas peticiones de cambio en el artículo de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que permite a una maltratada dar marcha atrás en su denuncia para seguir en el pozo del terror.

Preocupa profundamente que una fiscal ratifique lo que a los no expertos nos parece de sentido común: que suele haber alguien que sabe de esos casos de maltrato antes de que desemboquen en denuncia o, peor aún, en asesinato. Avergüenza saber la frecuencia con que, después de ocurrido, se escucha un irritante «se veía venir», sin que quien lo veía moviese un dedo para evitarlo.

Ocurre demasiadas veces que alguien lo sabía. Y eso demuestra que es un problema de leyes, de medios, de asistencia, pero también es un problema de conciencia social. Los moratones, los gritos en el piso de al lado, no son un asunto privado. A ver si nos vamos enterando todos.

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