La mirada de Simone

La  primera vez que vi a esa mujer llamada Simone Veil fue en una secuencia televisiva en blanco y negro. La noticia era breve y parecía incómoda al redactor de la misma. Con una cierta puntada de horror informaba que Simone, a la sazón ministra de Salud, había conseguido la despenalización del aborto voluntario en Francia. Corría el mes de enero del año 1975 y las opiniones tanto de católicos como de judíos, religión a la que pertenecía por tradición familiar la ministra, vertían en la información opiniones muy del agrado de las corrientes reaccionarias de una España aún en la agonía de la dictadura.

No sé si fue la primera vez que tuve conciencia de la existencia del problema legal del aborto. Es posible que así fuera. Pero lo que me llamó poderosamente la atención de aquella mujer fue su mirada clara -no podía saber que era azul-, limpia y serena. En su rostro se leía la fuerza de la clarividencia y atraía poderosamente su belleza. Sentí que la valentía femenina de la que hacía gala al despenalizar una acción voluntaria como la interrupción del embarazo, acto que pocas décadas atrás se castigaba con la pena de muerte, debía de tener tras de sí una leyenda nada simple.

Confieso haber quedado prendado de su fuerte personalidad, de su inteligente valentía y enseguida del horror vivido en los campos de concentración nazis donde, según ella misma, la salvó la belleza. ¡Qué paradoja! Nacida en una familia judía laica, fue deportada de Niza a Auschwitz, con dieciséis años, junto a sus padres, hermano y hermanas. Solo las tres chicas se salvaron del Holocausto.

Simone, entonces aún apellidada Jacob, fue salvaguardada por una prostituta llamada Stenia, responsable nazi de distribuir a las presas y destinarlas al exterminio. La meretriz quedó prendada de la muchacha. Tras la fachada de su vocerío, mal genio, falta de sensibilidad ante las vidas y las muertes ajenas, y dentro de su monstruosidad, escondía un suspiro de admiración frente a lo bello. Dijo Simone que la mujer sintió lástima por su hermosura fresca y quizás frágil de adolescente. Esto es, cuando tantas criaturas inmaduras eran torturadas, gaseadas y asesinadas. ¡Qué gran historia!

Pero también, que extraordinaria experiencia para luchar, como hizo ella a lo largo de toda su existencia, por las libertades, la igualdad y el bienestar ciudadano. Y, sobre todo, en defensa de las mujeres frente a la tradición varonil. Así la vimos subir a la presidencia del primer Parlamento Europeo, recoger el Premio Internacional Carlo Magno, el Príncipe de Asturias y el Carlos V, entre otros muchos con los que se le ha reconocido su valía y trabajo.

Sin embargo, confieso que desde que conocí los sucesos de su cautiverio y la voluntad de no borrarse nunca el número con que la herraron, el 78651, muchas veces esperé ver algún gesto de dolor, de rabia o de venganza hacia el pasado. Parece que en su vida nunca los hubo. Como tampoco dio importancia a ser un referente vivo del feminismo y un ejemplo de coherencia política e ideológica sin concesiones.

Ayer, al conocer su fallecimiento, he recogido un retrato con su mirada azul y he prendido una vela, deseando que la luz de su historia permanezca viva.

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