La vergüenza de aprobar la mentira


 

Si hace una semana hablaba de las virtudes teologales, estos días me quedé enganchada a muchas palabrerías de este ámbito político que tanto nos entretiene en esta comedia nacional. Me tranquiliza pensar que no soy la única que rebusca en el cajón de saldos de los debates políticos, para encontrar alguna prenda que pudiera vestir algún santo de los problemas cotidianos de esta sociedad en la que participo. Aunque pasemos horas de tertulianismo en directo sobre los hitos democráticos de nuestro parlamento, los hechos finales es que seguimos con el chorreo diario de esa corrupción que nos embrutece y esas decisiones políticas que cuando vienen malas, nadie se responsabiliza. Parece que mirar hacia otro lado, actitud tantas veces criticada en la reflexión histórica mundial, se pone de moda como nuevo estilo político del que sabe sobrevivir.

Si hace unos días el Tribunal Constitucional destapaba la chapuza de la tercera amnistía fiscal, ahora el Banco de España nos quita la venda para decirnos que el 80% del dinero con el que rescatamos al sistema bancario, no se podrá recuperar. Ambas noticias alejadas en tiempo y forma, quedan asociadas a una nueva manera de hacer política económica y no basada, precisamente, en la justicia social.

Mientras pasan estas cosas, nos acostumbran a que miremos hacia otro lado. Carnaza social para empoderar muchas mentiras que aniquilan nuestra conciencia. La mejora de la empleabilidad a pesar del déficit en la seguridad social, el despegue económico, aunque los sueldos siguen estancados en valores de hace diez años, la lucha contra la corrupción, aunque se siga librando una batalla por un sistema judicial independiente…son los repetitivos titulares que hacen los políticos y que difundimos sin contemplaciones.

Muchos frentes abiertos que cuestionan la capacidad de verificación por parte de todos nosotros. En nuestro país sigue teniendo categoría de victoria la mentira asumida. Y eso es una pesada lacra para nuestro funcionamiento como sociedad. Desde el principio de la crisis hasta ahora, el cúmulo de mentiras demostradas no ha conllevado ni una sola dimisión. Bueno, alguna queda ya en el baúl y viaja hacia mejores destinos como premio, aparentando todo menos una verdadera reprobación. Debe ser el resultado de esta posverdad que nos rodea, porque hasta para hablar de la mentira pública nos inventamos nuevas palabrerías que quedan mejor en esta inconsciencia diaria. Mala práctica para los gobernantes, pero mucho peor para los gobernados.

En una ocasión dijo Cicerón en su enfrentamiento con César en el foro que “como nada es más hermoso que conocer la verdad, nada es más vergonzoso que aprobar la mentira y tomarla como verdad”. Tan alejados en el tiempo y tan cercanos en circunstancias. A pesar de la evolución histórica, los pecados capitales de nuestro sistema siguen enfrentando la mentira con la verdad, sin que casi nos demos cuenta de esta vergonzosa indiferencia, como si estuviéramos mirando hacia otro lado. Lástima, si no, que le pregunten a Cicerón…


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