Las tres mochilas

Es una de esas mujeres que nunca recibirán una medalla ni otro premio que la satisfacción de ver a sus hijos bien situados tras el duro esfuerzo de años. Sin embargo, son el pilar sobre el que se apoya buena parte del entramado socia y sin cuya firmeza se habrían desmoronado muchas de las estadísticas que sirven a la clase dirigente para sacar pecho.

Se casó muy joven y muy ilusionada, pero su sueño se vino abajo muy pronto. Con tres hijos y un empleo precario, no le faltaron arrestos para decidir un drástico divorcio que alejase a la prole de un padre cuyo comportamiento empezaba a suponer un peligro.

Dedicó todo su esfuerzo a sacarlos adelante. «Eran como tres mochilas cargadas permanentemente a mi espalda». Lo consiguió pese a que la crisis se llevó por delante su empleo. Empapeló farolas y tablones de anuncios con sus demandas de trabajo, restó horas al descanso para formarse y cambiar de sector de actividad, acudió a pruebas de selección allí donde tuvo ocasión y, al final, logró un empleo estable.

Desde esa atalaya de trabajo duro pero con perspectivas de durar hasta la jubilación ya no tan lejana, disfruta viendo como sus tres hijos han tenido oportunidad de estudiar y muestran capacidad para construirse la vida que siempre soñó para ellos.

Es su merecido y único premio. Tampoco espera otro, desde el escepticismo y la lejanía con que quien afrontó largos años de lucha sin ayudas contempla hoy la actitud de quienes ostentaban puestos de alta responsabilidad mientras ella luchaba en solitario por salir a flote, pero parece que podían permitirse el lujo de no enterarse de lo que pasaba a su alrededor y seguir con sus altos cargos.

 

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