Popular-Pastor

Escrito bajo el síndrome del asno de Buridán que tenía hambre y sed y, situado como estaba entre la cebada y el agua, murió por no saber jerarquizar ambas necesidades. Ocurre que tantas noticias de alcance en una semana como la pasada –el final del Banco Popular, la convocatoria del referéndum en Cataluña, la sentencia del TC sobre la amnistía fiscal, las exigencias de los estibadores y otras– casi incapacitan para jerarquizarlas y seleccionar la más relevante para este comentario.

Pero entre tanta “cebada y agua” informativa hay que elegir y opto por escribir sobre el desastre del Popular-Pastor que tiene muchos damnificados en Galicia y a Galicia misma. Los primeros son los accionistas que invirtieron sus ahorros en el banco engañados por la información oficial. Después están los trabajadores, que serán despedidos con la frialdad y facilidad que otorga la reforma laboral y muchos perderán los ahorros invertidos en acciones.

El tercer damnificado es Galicia, que pierde lo poco que quedaba del Banco Pastor y tendrá que asumir los costes sociales causados por el “cierre selectivo” de oficinas de la marca que llevará la exclusión financiera a concellos de la Galicia rural. La muerte segura de la Fundación Barrié, foco irradiador de cultura, es otro daño directo de esta desfeita.

Hasta aquí los perjudicados. ¿Y los culpables? Ahí están los gestores de antes y de ahora que, para mayor indignación social, llevaron suculentas indemnizaciones. Les siguen los reguladores, que deberían velar para que el banco fuera solvente y rentable para los accionistas y los ahorradores.

¿A qué se dedicaron el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores? ¿Dónde estaba el Ministerio de Economía? ¿Para qué sirven los test de estrés? Otra más, ¿por qué hay que mantener tanto regulador cuya dejación o incompetencia –llueve sobre mojado– vuelve a quedar en evidencia? No esperen respuestas, el sistema actual ya no funciona, necesita ser reseteado.

Dice el presidente Feijoo que confía en la sensibilidad del Banco de Santander con Galicia, pero él sabe que confiar que el banco “comprador” sea sensible con esta tierra es lo mismo que esperar que el lobo acaricie a las ovejas en campo abierto.

Por eso, los gallegos confían más en que el presidente saque “el manual” del buen gobernante para proteger al país del tsunami bancario que se avecina y proclamar, alto y claro, que Galicia no es una reserva de almas rendidas.

Es necesarios estar conectado para escribir un comentario Conectar