Selectividad

Nunca se llamó así. Ni siquiera en la ley de julio de 1974 que la instituyó siendo ministro del ramo Cruz Martínez Esteruelas. Pero la denominación se ha mantenido a lo largo de los años: selectividad. Se trataba de unas “pruebas de aptitud para acceso” (PAAU) a la Universidad, previstas ya en la Ley general de Educación de Villar Palasí, cuyo objetivo era “seleccionar “a los más capacitados para cada una de las principales vertientes educativas. Y de ahí, tal vez, el nombre que ha sobrevivido: selectividad.

Esta semana acaba de celebrarse bajo la denominación BOE de Evaluación de Bachillerato para el acceso a la Universidad; o EBAU, o EvAU o ABAU, porque para eso tenemos diecisiete sistemas educativos distintos y en uso de sus competencias cada comunidad autónoma tira por donde quiere.

De todas formas, un examen –palabra prohibida- o prueba cuya “ponderación mínima” de cinco puntos –lo de aprobado y suspenso tampoco se lleva- es superada por más del 90 por ciento de los presentados (el 92,6 en Galicia, en junio del año pasado), muy poco puede decir de la efectiva capacidad académica de los muchachos que pretenden cursar estudios superiores.

En definitiva, para lo que sirve es para la elección de carrera y centro a la vista de las notas de corte establecidas por las Universidades. Elección, por cierto, a la que ocho de cada diez jóvenes llegan con muchas dudas, que terminan por ser resueltas en el último momento.

Para satisfacción generalizada, las pruebas han venido a ser muy parecidas a las de años atrás. Nada, por supuesto, que ver, sino todo lo contrario con lo previsto en algunos borradores iniciales, donde se llegó a barajar hasta una prueba oral de inglés.

Aparte del cambio de nombre, las mayores novedades tal vez hayan sido el menor número de asignaturas para escoger por el examinando, la menor flexibilidad para elegirlas y la desaparición de Filosofía como asignatura troncal. Y es que tal como estaban se habían convertido en poco menos que exámenes a la carta.

La actual regulación, no obstante, es temporal porque todo queda pendiente de lo que pueda establecer la normativa resultante del pacto de Estado social y político por la educación en ciernes que, en buena lógica, algo establecerá al respecto. Habrá que preguntar, pues, a los amantes de la estabilidad del sistema educativo por qué no se ha podido esperar a momentos más definitivos.

Un poco lo mismo cabría decir de la nueva regulación de los títulos de graduado en ESO y Bachillerato que el pasado día 3 publicó el BOE y que supone un escalón más en la demolición de lo que queda de la LOMCE. Como bien se sabe, hasta con dos asignaturas suspensas y con una nota inferior a cinco se puede obtener el título de Secundaria obligatoria. La verdad es que para tal viaje bien podrían haberlo suprimido.

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