Saberes aplicados

Aunque a primera vista no lo parezca, las finanzas forman parte del día a día de los adolescentes. Éstos ya consumen productos y servicios financieros sencillos como las cuentas bancarias. En nuestro país, por ejemplo, un 52 por ciento de los muchachos de 15 años tienen alguna abierta a su nombre, algo que sólo pueden hacer con autorización de sus padres o tutores, pero que hacen.

Otra cosa es su nivel de competencia financiera; es decir, si son capaces de resolver problemas financieros sencillos, tomar decisiones informadas sobre gastos cotidianos, planificar y gestionar sus finanzas, interpretar una factura o utilizar una tarjeta de crédito.

Es lo que ha tratado de medir el estudio PISA 2015 sobre la materia en el que España se sitúa veinte puntos por debajo de la media de los quince países evaluados, retrocede sobre los resultados de 2012 y registra un alto porcentaje de alumnos con un nivel bajo o muy bajo de desempeño. Así, uno de cada cuatro estudiantes españoles de 15 años no alcanza el nivel básico de conocimientos financieros y aunque son capaces de tomar decisiones sencillas al respecto y saber para qué sirve una factura, tienen dificultades para interpretarla.

Cierto es que la comparativa que ofrece PISA 2015 hay que tomarla con cierta cautela, pues han sido pocos los países evaluados (quince en esta edición) y ha habido cambios en la administración de las prueba. No obstante, lo que de nuevo se traduce es la distancia en la aplicabilidad de los conocimientos académicos a la vida cotidiana. O dicho de otro modo: la falta de conocimientos aplicados. Un déficit que también se detecta en estudios similares.

El informe ha venido a coincidir estos días con el libro blanco que la CEOE ha presentado bajo el título “La educación importa”, en el que los empresarios españoles ponen también el dedo en la brecha existente entre formación y empleo; en la falta de relación de la escuela con la empresa, junto con otras cuatro carencias básicas: mediocridad de los resultados, ineficiencia en el gasto, lentitud en la respuesta política y deficiencias de los marcos normativos tanto en la forma como en el enfoque y contenidos.
No es el único nivel educativo que así se comporta, pero es en buena medida en la Universidad donde se enseñan conocimientos y competencias que las empresas no demandan. Y así se da la paradoja de que se registre una alta tasa de desempleo juvenil y a la vez una escasez de cualificaciones y competencias de interés para el mercado laboral.

“Tenemos –decía en la presentación del documento el presidente de la Comisión de Educación de la patronal- cientos de miles de empleo que no se pueden ocupar por falta de la preparación adecuada”. Y es que, por lo que se ve, frente al dinamismo empresarial el sistema educativo permanece, en líneas generales, más estático.

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