Padres y profesores

Sería pueril, o de ignorantes osados, constatar los defectos de quienes tienen sobre sí la tarea de educar para descalificarlos o para censurarlos. Tengo que decir que con una relativa facilidad se pueden convertir las carencias de quien asume esa tarea pesada, difícil, y hasta en algún sentido sobrehumana, en una ocasión más para devolver a los alumnos el protagonismo auténtico de su propia vida. Esta es ya una buena primera razón: las propias deficiencias pueden constituir un reclamo a la responsabilidad del educando.

Cuando en ocasiones los padres o los profesores han querido ocupar el lugar de los chicos, hacer sus veces, librarlos de sus cargas –el amor que les ha movido les disculpa-, los convierten, sin quererlo, en objetos -todo lo más en mascotas- o en amos caprichosos. Y, a la larga, los mismos que han recibido esas atenciones excesivas –los muchachos y muchachas- se vuelven, casi sin pretenderlo, contra quienes se las proporcionaron, contra aquellos que les suplantaron, que los anularon cuando pretendían ayudarlos, o que se conviertieron para ellos en una carga insoportable, cuando los dejaron sin opciones reales para tomar las riendas de su propia existencia

Saludable rebeldía es esa, en la que se reclama lo que nunca debió ser arrebatado. Se encierra quizás en esas situaciones penosas la lección más básica de la tarea educativa: que es el educando quien debe juzgar, quien debe decidir, quien debe actuar. Siempre, claro está, que en nuestro pretensión educativa se encuentren los objetivos de su autonomía, de su independencia, de su libertad. Y esa libertad llega hasta el final. Alcanza a todo. No cabe una libertad parcelada.

 
Jaíme Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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