Cataluña y el modelo económico, las claves

Las discusiones de los académicos y los economistas de los servicios de estudios sobre la recuperación del producto interior bruto previo a la crisis ya están en la fase de si se consumará hoy o mañana: se discute sobre el cuándo pero no sobre el qué.

Tanta certeza no esconde, sin embargo, el debate sobre la consistencia del modelo de crecimiento, excesivamente dependiente del sol y del turismo, a falta de un mayor desarrollo industrial y tecnológico.

No hay, en definitiva, un modelo económico alternativo al del ladrillo, capaz de fortalecer el mercado interno, sino más bien un modelo de economía de servicios, que se complementa con un repunte de las exportaciones basadas en abaratamientos de costes ligados a la productividad pero, sobre todo, a la devaluación salarial.

Los vientos de cola –léase tipos de interés, precio del petróleo y paridad euro-dólar– siguen funcionando razonablemente bien, de modo que nadie rema en contra de una cierta bonanza, cuya fragilidad existe pero tampoco interesa subrayar. Al menos públicamente.

Los principales problemas siguen estando en los rezagados, los que no se benefician de esa recuperación aparente, es decir, de muchos parados del ladrillo que no encuentran alternativa o que si la encuentran es en condiciones salariales mucho peores que hace 15 años.

Si Alemania y Francia se entonan, lo cual parece verosímil, y de su mano la Unión Europea sigue progresando con sus habituales movimientos erráticos, a España no tendría porque irle mal. Tal vez de manera distinta a como le fue hace 15 ó 20 años, pero sí con oportunidades para los protagonistas de la brecha generacional.

El principal nubarrón, en este nuevo contexto que está tomando arraigo, sería la independencia de Cataluña, que destrozaría la economía española, como reconoce ahora el propio Gobierno y, en especial, su ministro de Economía, Luis de Guindos.
A medio y largo plazo, el problema de la independencia catalana no sería para Cataluña, sino para el resto de España, que perdería su motor económico e industrial, y nada menos que el 20% de su PIB.

Un desastre descomunal. Por eso mismo, en España no se quiere hablar –de verdad– de dos cosas: 1) no hay modelo económico alternativo al ladrillo y si el turismo se resiente, por cualquier circunstancia exterior, el retroceso será brutal, y 2) España sin Cataluña se parecería más a Portugal que a Francia, por decirlo en pocas palabras.

La gestión política de Cataluña y del modelo productivo no son, por tanto, cuestiones menores, ni asuntos que puedan aparcarse al más puro estilo de Mariano Rajoy. A estas alturas en las que está todo dicho sobre la previa del partido, solo cabe jugar, y jugar para ganar. Con mucha inteligencia, buena táctica y estrategia.

Asuntos trascendentales para todos como la financiación autonómica, la reforma de las pensiones o la búsqueda de una mayor igualdad, sin tanta precariedad, se discutirían en falso si antes no se aclara la situación de Cataluña y del modelo económico de España.
Los únicos que parecen sentirse a salvo de lo que pueda pasar en España son los vascos –tienen cupo revisado a su favor, una industria potente y obras públicas para años y años–, pero con eso no basta: los vascos son muy pocos. El verdadero problema es de casi 40 millones de españoles, entre ellos, por cierto, los menos de tres millones de gallegos.


Jose Luís Gómez es peridista y editor de Mundiario

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