¡Abran puertas!

La primera patada en la puerta para salir del PSOE, tras la humillación que le infligió Pedro Sánchez al aparato del partido en las primarias, no se hizo esperar. La protagonizó José Luis Corcuera, el mismo que antes las pegaba para entrar en los domicilios ajenos, que era así, al pie de la letra y sin orden judicial, como entendía su responsabilidad al frente del Ministerio del Interior, que le había confiado Felipe González.

Por las bravas y saltándose la legalidad también intentó Susana Díaz, con el apoyo de los viejos senadores de los días de mucho vino y poca rosa, hacerse con el control de la centenaria formación socialdemócrata, el día de su paródica revolución de octubre, en el que entraron a patadas en Ferraz y derrocaron al secretario general elegido por la militancia. Pero después de ocho meses de coces orgánicas, ideológicas y hasta lingüísticas, las primarias devolvieron al PSOE a su cauce, tras el torrente salvaje que los amotinados provocaron para pescar en río revuelto, sin percatarse que en las corrientes más bravas es donde Pedro Sánchez se mueve como pez en el agua.

El domingo, en plan civilizado y en las urnas, el clan de los de la patada probó su propia medicina, como se pudo comprobar a medianoche en la huida apresurada de la candidata andaluza, que no escapaba con terror y por la puerta trasera de ninguna amenaza relacionada con la inminente sacudida de alguna extremidad caballar por allí suelta, de las que quedaron del 1 de octubre, sino de su propio ridículo y de la vergüenza que le abrasó hasta la lengua, incapaz de pronunciar el nombre del ganador, aunque sólo fuese por mantener un mínimo de la decencia que se le presupone al buen perdedor.

El resultado de las primarias sorprendió por lo contundente, no por la victoria de Pedro. Realmente, ¿qué méritos habían acumulado los susanistas para ganar? Habiendo obligado a sus representantes en el Congreso de los Diputados a votar en contra de lo que habían prometido en la campaña electoral y habiéndole cortado la cabeza, sin miramiento alguno, a quien se había impuesto en los comicios internos a la secretaría general, lo grave para la democracia habría sido que hubiesen triunfado.

No estaba en juego la valía de los candidatos, pues de lo contrario la abstención poco rival habría tenido. Se dilucidaba si la palabra dada al pueblo es sagrada o si a los ciudadanos se les puede tomar por imbéciles. Habrá no poca gente que desprecie este dilema y que patalee ante su mero planteamiento, pero es la esencia de la democracia y la clave de la fortaleza de sus instituciones.

Con Sánchez se equilibran las fuerzas y la política española vivirá un corrimiento de tierras. Mucho voto de Podemos volverá al PSOE, del que se fugará otro hacia la derecha. Los Corcuera y compañía, derribando puertas, aún se alojarán en el PP.

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