Educación, autonomía y cooperación

La tarea educativa es una labor magisterial, del maestro que domina un arte, y consiguientemente se sustenta en los valores individuales del profesor. Pero la tarea educativa es también una labor colegial, del colegio, de aquellos que juntos comunican, tienen una común concepción del ser humano. No una concepción cerrada, o mecánica, o protocolaria, sino abierta, dinámica, libre, y sujeta a la singular encarnación personal, pero común, colegial. Por eso la autonomía en la tarea educativa debe conjugarse con la cooperación.

Autonomía y cooperación son conceptos recíprocamente exigidos en este contexto, no pueden darse auténticamente el uno sin el otro. Pero es que además autonomía y cooperación se producen máximamente precisamente en el terreno de los grandes principios que el colegio, la institución educativa trata de realizar, es decir, la máxima autonomía y cooperación se producen cuando cada profesor asume máximamente, y personalmente –no hay otro modo de hacerlo-, aquellos principios educativos.

En los otros terrenos, el de los procedimientos, los mecanismos de funcionamiento, el concierto y coordinación de actividades, el control de la calidad instructiva, las técnicas aplicadas, etc., etc., apuntaría simplemente que el criterio es la operatividad. En ese terreno la conjunción operativa, la coordinación es imprescindible, no hay duda. Pero podemos correr el riesgo de reducir la tarea educativa sólo a esas dimensiones. Entonces nos equivocamos, gravemente.

¿Por qué no reconocer que hay mucho de artificio social en todas las estructuras educativas? La respuesta afirmativa no atenta contra su conveniencia, ni contra su misma bondad, pero apunta a su relativización. Y relativizarlas no va tampoco contra su aplicabilidad y la posibilidad de su exigencia. Al contrario pone su exigencia en su dimensión adecuada. Así que el celo por el cumplimiento de la norma social, de la norma colegial, debe ser puesto en su lugar adecuado, siempre subordinado a la persona, a su libertad, a su amor a la verdad –que sólo libremente puede buscarse- y a su compromiso con ella –que sólo en libertad puede admitirse y ejercerse-.

Desde este empeño individual, íntimo y libre, puede descubrirse la dimensión social, inmensa, inmensamente rica, de nuestro ser personal, y el compromiso solidario, el compromiso con los otros, que vienen a ser los nuestros, los míos. Desde aquí fácilmente accederemos a la dimensión cívica de nuestra vida. Nuestra sociedad, nuestro país, nuestro mundo, necesita urgentemente –esa urgencia es siempre actual- de gente con este talante, con este empuje, con la vibración del ímpetu juvenil, y con una formación profesional sólida para sumarse, con aportaciones nuevas e imaginativas, firmes y creativas,  al proyecto colectivo de nuestra sociedad, de la nación.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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