Los millennials

Millennials o nacidos después de 1980 que con el inicio del milenio llegaron a la vida adulta; mammoni o jóvenes que no pueden emanciparse; ninis que ni estudian ni trabajan. Son algunas de las denominaciones que hoy señalan distintas generaciones con problemáticas diversas y unas características que los hace únicos. Unos y otros son objeto de seguimiento continuo por parte de empresas y consultoras, hasta el punto de que no pasan muchos días sin que se publique algún estudio sobre sus rasgos, hábitos y prioridades.

Importan, entre otras cosas, porque son muchos. Instalados ya en el mundo del trabajo y del consumo, los millennials, por ejemplo, suponen un 26 por ciento de la población mundial, significan ya más de la mitad de la población activa y en ocho años serán el 75 por ciento, lo que les confiere una gran capacidad de influencia, reforzada por tratarse de la primera generación de nativos digitales.

Su conexión permanente y su alta sociabilidad les otorgan un notable poder de influencia en las compras y los convierte en creadores de tendencias. Son lo que se llama prosumidores; es decir consumidores que participan en la creación de productos acordes con sus necesidades, opinan sobre ellos y tienen poder sobre las marcas a través de las redes sociales. Ver cómo los Bancos van adaptando su oferta de productos financieros para captarlos como clientes da prueba de ello.

En realidad, en un colectivo tan numeroso resulta difícil establecer patrones que sirvan para todos, aunque no pocos expertos coinciden en asegurar que son más parecidos entre sí que los miembros de otras generaciones debido a la globalización y a la homogeneidad de información y valores que se les ha transmitido a través de las tecnologías. La semejanza es más clara entre los que se denominan “junior millennial”; esto es, los nacidos entre 1990 y 2000 y que son los que ahora están terminando de formarse o entrando en el mercado laboral.

Según el profesor del IESE Guido Stein, uno de sus rasgos más representativos es la necesidad de aprobación por parte de los demás. Son –dice- poco menos que unos adictos al reconocimiento público, que más allá del ámbito doméstico no sólo esperan obtener de sus superiores, sino también de sus semejantes. No son tanto de tener y de ostentar bienes tangibles como de compartir y vivir experiencias.

Ese interés por ser el centro de atención se observa tanto en su vida cotidiana como en su actividad laboral. Para el profesor Stein ese afán de reconocimiento tiene que ver, con la educación que han recibido, sobre todo en el entorno familiar, donde se les han ahorrado esfuerzos y fomentado cierta inmadurez.

Parte importante de estos jóvenes tienen una excelente formación académica, en idiomas y tecnología, pero presentan carencias de carácter y deficiencias en sus habilidades interpersonales. No sé si les gustará mucho el diagnóstico, pero así parece ser.

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