No basta con el turismo, hace falta industria

Suele decirse que en el mundo hay países como Irán que están ahogados por un dogma religioso y otros que como Cuba se sienten prisioneros de un dogma marxista-leninista, pero a este paso países como España también deberán preguntarse si están dominados por un dogma financiero: el de la austeridad; máxime si esta se convierte en incompatible con el crecimiento económico, único manantial conocido para generar empleo y bienestar social.

El déficit democrático de los países periféricos de la eurozona no es, obviamente, equiparable al de Irán o Cuba, si bien amenaza su Estado del bienestar y proyecta la sombra de un cierto populismo, cuando no de cosas peores –ahí sigue la corrupción– que una democracia siempre deben vigilar con atención.  Son demasiados años de crisis o, si se prefiere, de pobreza y desigualdad.

Lamentablemente, casi 10 años después de iniciada la crisis, en España ni estamos cerca de lo que abanderó el empresario Juan Antonio Zufiría ni de lo que propuso el profesor Antón Costas. Ni vemos emprendedores en cada esquina ni alcanzamos acuerdos de consenso, al estilo de los pactos de la Moncloa. Por no haber, ni siquiera hay un horizonte claro en Europa, donde hasta que pasen las elecciones legislativas alemanas de septiembre de 2017 parece improbable conseguir cambios de fondo. Y lo mismo se dijo en los primeros años de la crisis.

Es verdad que la economía española ha superado una recesión pero no por ello es cierto que esa recuperación se note en las rentas salariales. De hecho, los sindicatos UGT y CC OO siguen reivindicando que se pacten subidas de sueldos que recuperen el poder adquisitivo de los trabajadores. Pero hay más: el empleo en España se encuentra gravemente dañado por la situación de los jóvenes y los mayores de 45 años.

España todavía necesita producir más, para que crezca el PIB y se cree empleo, y mejor, para ser competitivos y poder recuperar los salarios. Las empresas tienen que salir a vender fuera, pero los españoles deben tener derecho a trabajar en su país. Y para eso hay muchos caminos pero sobre todo hay uno: industrializar España. No basta con el turismo.

Así se sale de la crisis, con un nuevo modelo productivo, y así se construye un país en la era de la globalización, a sabiendas de que esta “solo se ha producido verdaderamente en el ámbito de los movimientos del capital”, y no tanto en el de personas y mercancías, “dejando a los poderes públicos estatales prácticamente inermes ante el poder de los especuladores”, como reconoce Pedro Puy Fraga, profesor de Economía Aplicada de la USC y portavoz parlamentario del PP de Galicia.

Tantos años de crisis ponen de manifiesto la parsimonia para superarla al tiempo que dan la sensación de que el país no tiene una dirección económica clara. Tal vez por eso vemos tanta mezcla de cosas revueltas, sin orden e inconexas, que se contradicen. Lejos de observarse ideas claras, prevalece el batiburrillo, condicionado por la inestabilidad política. Menos mal que hay sol. Incluso en el norte. Sol, playas, turistas y camareros. Peor sería que no lo hubiese, claro, pero un país de la dimensión de España no debería asumir que su futuro se reduce a ser un proveedor de ocio a sus vecinos ricos. El turismo puede ser un magnífico complemento para la economía española, pero no su esencia. Todos los grandes países tienen industria y multinacionales industriales.

 

Jose Luís Gómez es periodista y editor de Mundiario

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