El sainete catalán

Pérez Fernández y Muñoz Seca, los dos Pedros del teatro español de la Generación del 14, comediógrafos de éxito y conservadores de espíritu y letra, tenían por costumbre acudir a las tertulias de café para poner el oído y pergeñar sus sátiras contra la II República y el progreso democrático. Y, aunque ideológicamente ninguno de los grandes -como fueron Valle Inclán o Jacinto Benavente-, saltaban con su cuerda, no les dolían prendas a la hora de valorar positivamente sus astracanadas y grandes talentos dramáticos.
Ayer creí verlos en el Café de Pombo madrileño atentos a las noticias emanadas de Cataluña. No tengo claro si fue Pérez o Muñoz quien propuso al compañero escribir una nueva zarzuela sin música, al estilo de “Los extremeños se tocan”, o algo más satírico como “Anacleto se divorcia”, comedias con las que tantos aplausos y caudales cosecharon. Al que sería el nuevo título llegaron rápidamente al alimón: “Los catalanes se divorcian”. Sería una síntesis de los otros dos, sí, pero bien podían permitirse la licencia de esa “confluencia” en estos tiempos donde este concepto llena palacios y corralas. Y a donde acude la afición con la fe ciega del carbonero.

Muñoz Seca dispuso que la trama, tratándose de Cataluña, había de ser más económica que política. Sin embargo Pérez Fernández consideró que, a la sombra de La Moreneta, no se explicaría un buen argumento sin la urdimbre de algún asunto religioso. Pedro Muñoz Seca reflexionó y asintió. Efectivamente, sin desechar nada, tenían entre sus dedos la trilogía catalana perfecta: economía, política y tradición –en este momento, católica–. Un cóctel infalible para despertar la polémica y obtener así la división de opiniones, que tanto rédito genera a los administradores de los corrales de comedia.

La acción bien podía localizarse en una lujosa masía. El desfile de personajes principales y los tipos pintorescos no necesitaban de mucho pincel para ser retratados. Un honorable, el cual finalmente se descubriría en truhan o impostor. El mayordomo de turno, quien se queda con la poltrona del honorable para venderla al vecino. La vecindad empeñada en negociar con una misteriosa urna de cartón, al parecer propiedad de un madrileño, que ni entiende catalán ni tiene intención de aprenderlo. Y, naturalmente, la madre superiora de un convento consagrado a san Monipodio, quien al abrigo de sus hábitos y del voto de silencio, trafica con misales y organiza un gran desfalco.

Enseguida los dos comediógrafos se percataron de la falta de un motivo que justificara el título. “No hay problema –dijo Muñoz Seca–, al madrileño, principal acreedor de la masía, lo casamos con una hija del honorable. Entonces se descubre el robo y el mayordomo, para ocultarlo, conspira para conseguir el divorcio catalán de la chica utilizando la fatídica urna de cartón”.

-Pero el madrileño parecerá tonto -objetó Pérez Fernández.
-Sí, y quizás nos quede un poco disminuido, pero es quien tiene la fuerza y nos dará pie para la traca final -continuó Muñoz muy resuelto.
-¿Y la solución de la farsa con tanto sinverguenza?
-Muy sencilla, todos a la cárcel sin divorcio. Y cae el telón.

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