Educación y alumnos

 Ciertamente, como sentenciara nada menos que Kant, “la educación constituye el mayor y más grave problema que puede ser planteado al hombre”. En efecto, la tarea educativa –en la familia, en la escuela- se cuenta por derecho propio entre las más nobles a las que las mujeres y los hombres puedan dedicar sus esfuerzos. Una gran mayoría, por su condición de padres, está abocada a ejercerla; algunos, por su profesión; y todos, podríamos decir, que por su condición simplemente humana.

A poco que se piense, no se puede ser hombre o mujer en plenitud si no se llega a ser, en alguna medida, maestro de humanidad, magisterio que ha de ejercerse, más allá de aquellas dos instituciones básicas, eminentemente educativas, en todos los ámbitos de la actividad humana: en la profesión, en el trabajo, en las relaciones de convivencia, en la vida política, en el deporte… Pero particularmente en la familia, en la escuela, ya que en ellas cultivamos la humanidad de los hijos, de los alumnos, formamos mujeres y hombres.
 Aristóteles, con su proverbial sabiduría, decía que “la mejor educación se logra en el seno de la familia, gracias a la palabra y a las costumbres de los padres, porque los hijos aman a sus padres y les obedecen por naturaleza. Además, la familia educa mejor que el Estado porque conoce personalmente a cada uno de sus miembros y sabe lo que más le conviene, como el médico o el entrenador que proponen diferentes remedios y planes de entrenamiento”.
Ahora bien, aún entendiendo en qué sentido se emplea la expresión“formar seres humanos”, reconozco que no la comparto. Por una poderosa razón: parece que se está considerando al alumno como una especie de masa indiferenciada y pasiva sobre la que los padres y los profesores ejercen una labor de formación, considerando al educando como una especie de sustrato, una materia a la que se da forma. Sin embargo, la formación es un logro personal, no es algo que se pueda dar hecho. Estamos aquí ante un principio capital de la acción educativa. La reflexión pausada sobre su alcance y significación es imprescindible si queremos reconsiderar los fundamentos humanos, racionales, éticos, del trabajo de los educadores.
Nuestro lenguaje, nuestra conversación cotidiana, llena habitualmente de equívocos, se encuentra también repleta de lemas y consideraciones llenas de sabiduría que nuestra torpeza, nuestra precipitación, nuestras limitaciones, se encargan muchas veces de vaciar o de trivializar. Sería bueno que nos centrásemos precisamente en uno de ellos, una de esas frases proverbiales íntimamente relacionada con la apreciación anterior.
Me refiero a ese lema, que encierra en sí todo un programa educativo; más todavía, constituye un nudo que encierra ciertas claves para una interpretación sobre la condición del hombre y de la sociedad: “El alumno es el protagonista de su educación”.
Probablemente muy pocos, hoy en día, disentirán de ese juicio. Pero la cuestión está en saber si nos lo creemos realmente, si consideramos que durante estos años que venimos dedicando a las tareas educativas han sido los alumnos, cada uno de ellos, los que han dirigido su propio proceso educativo, de aprendizaje, o de formación, o no. Buena pregunta.
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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