Vilabella y el proceso educativo

Días atrás, en el marco de los Encuentros de Vilabella, celebrados en el Hotel SPA de esta localidad ourensana, tuve la fortuna de escuchar a varios promotores de exclencia en la educación provenientes de varias partes de nuestro país: de Cataluña, del País Vasco, de Madrid, y por supuesto de Galicia. El evento, promovido por la Fundación Nortempo a través de su presidente Bartolomé Pidal, fue moderado por el profesor Xose Manuel Cid  y, desde luego, ayuda a pensar en la trascndencia del proceso educativo y en la responsabilida de ofrecer a los niños y a las niñas una educación de calidad, que además de formar integralmente a la persona, les ayude a asumir las más elementales cualidades democráticas.

Pues bien, en este contexto si tomamos  en cuenta la valoración que los alumnos tienen de su etapa colegial, quizás concluyamos que la sensación general será la de haber realizado una carrera, por etapas, en la que les pusieron en la línea de salida y corrieron con mejores o peores resultados parciales hasta llegar a la meta.  Y, posiblemente, no lo se,  se pusieron a correr y siguieron corriendo porque todo el pelotón corría. La literatura, el cine, el arte, en general, nos pone con expresiones vivaces ante los ojos el discurrir monótono, previsible, prefabricado, de nuestros días, con momentos divertidos, con alegrías inesperadas, y con otras trabajadas, que son menos explosivas pero más profundamente satisfactorias.  Todo ello en medio de una profunda monotonía, vaciedad o falta de sentido. Es muy posible que los jóvenes tengan una percepción semejante de sus años de formación. Se les ha empujado, sin consultarles auténticamente, a la consecución de unos objetivos fijados de antemano, aunque fuesen los de su preferencia, que no son cosas incompatibles.

Pues bien, desde lo políticamente incorrecto,  se puede afirmar que lo que estos años de dedicación al estudio tengan de educación, de formación, de provecho en el sentido personal, en el sentido de crecimiento como personas, lo deberán los alumnos, ante todo y sobre todo, a ellos mismos, porque lo más profundo, lo más hondo y lo más aprovechable de estos años pasa necesariamente por sus propias experiencias, por sus vivencias personalmente asumidas, libremente encaminadas, voluntariamente ejercidas.

La clave, para que el alumno sea el protagonista auténtico de su educación, está en la libertad. Sí, la libertad, como escribió Shaw, “implica responsabilidad: por eso le tienen tanto miedo la mayoría de los hombres”. Sólo cuando actuamos libremente estamos desarrollando auténticamente nuestro proyecto personal de existencia y, con él, nuestra personalidad, nuestra propia persona. Y en esto nadie puede entrometerse, nadie puede decidir por otro, es cada uno quien debe informarse, valorar, sopesar y decidir. La atmósfera de la vida moral es la libertad.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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