Libros usados

Casi medio centenar de casetas, con toneladas de libros de segunda mano, se alinean estos días en el Paseo de Recoletos de Madrid. Pasear frente a ellas es una gozada para la vista del lector y entretenerse en sus mostradores es una tentación a la que los bolsillos se resisten a duras penas. Observar a la clientela, además, resulta extraordinariamente ilustrativo para el curioso.

Esta semana caí en las tres tentaciones y, como suele sucedernos a la mayoría de los escritores, pues también corres la suerte de encontrarte a ti mismo en alguna portada. Desde uno de aquellos mostradores me sonrió mi amiga Martázul, con su capa roja, en la versión en castellano. Tomé el ejemplar con la misma emoción con que se saluda a una vieja conocida mientras la abrazas. El estado de conservación del ejemplar me dijo haber sido bien leído por una mujer –su nombre está en la primera página en blanco– que dobló muchas de sus hojas para señalar algunos párrafos y subrayó otros cuyos contenidos quizás le resultaron curiosos o útiles para algún tipo de estudio personal.

Quise imaginar a aquella ávida lectora, cuyo nombre nada me decía y cuya firma transmite equilibrio y serenidad. Y, no sé por qué, la vi sentada en el rincón de una buena biblioteca propia, dieciséis años atrás, tratando de poner su lupa crítica sobre las entrañas de mi pensamiento de creador de personajes y situaciones. Una curiosa sensación, del autor frente a su lectora, que nunca antes había sentido. Produce vértigo. Desde ese momento, el libro comenzó a vivir una nueva historia en mi magín. Una aventura plagada de preguntas y alguna respuesta. Según una pequeña etiqueta, el ejemplar había sido comprado en Valencia y la librería que la ofrecía tenía su sede en Barcelona. ¡Cuántos kilómetros para llegar a mis manos en Madrid!

¿Qué pudo haber pensado o sacado la lectora de sus páginas? ¿Por qué se había desprendido después del volumen? ¿Qué había sido de aquella mujer? Así, dándole vueltas a las páginas, me encontré a mí mismo tratando de seguir los pasos de esa otra epopeya anónima que viven los libros, que forman parte de nuestra vida un día, que los atesoramos con avidez otro, que escapan en cualquier momento para, como en este caso, encontrar segundas manos interesadas. El libro, como los gatos –me dije–, tiene muchas vidas anónimas.

En ese momento la feria de libros usados, de segunda mano, de viejo o de lance (como decían los cultos de la lengua) despertó a mis ojos como un gran coro, multitudinario, de voces, de aventuras, de leyendas, de pasiones no escritas. Cada uno de aquellos miles de ejemplares guardaba secretos, ajenos a sus contenidos, imposibles de desvelar. Habían vivido una o varias vidas, como la de mi Martázul, ajenas a la idea de los creadores, a los intereses de los editores, a las expectativas de los libreros…

Naturalmente, adquirí el ejemplar y con él media docena más. Como quien recoge en una playa botellas portadoras de mensajes indescifrables. Con Martázul compartieron maleta una primera edición de Cuaderno del Guadarrama de Cela, unas Cantigas de Santa María en versión de Filgueira, procedente de la Biblioteca del Instituto Internacional… Una gozada de segunda mano.

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