Estupor


Lo he ficcionado en una de mis novelas pero el episodio fue cierto. El 20 de diciembre de 1973 yo cumplía el servicio militar obligatorio en un CIR como escribano del batallón. El comandante había parado para tomar un café y hablábamos de cine. Sonó el teléfono. Era el coronel del campamento. Después de los saludos de rigor, anunció con toda la naturalidad del mundo:

-Se han cargado a Carrero.

-Uno menos en el escalafón –respondió sereno, con toda la naturalidad del mundo mi comandante.

-No es una coña. Lo han volado, literalmente…

-Bueno, pues subimos un escalón…

Si esta conversación se hubiera transmitido hoy por las redes, la lógica llevaría a ambos militares a presidio por enaltecimiento del terrorismo o por hacer burla de las víctimas. Especialmente al comandante quien, pasado el tiempo, resultó ser un demócrata convencido.

O, simplemente, dada la categoría de los dos personajes dentro del escalafón de las clases sociales, nadie habría escuchado nada. O quedaría en el cajón del cinismo donde duerme la “ocurrencia” de Rafael Hernando, cuando acusó a familiares de víctimas de franquismo –filas en las que ejercía el almirante Carrero- de usar a sus difuntos para cobrar subvenciones.

Por respeto a los asesinados no creo que sea justo, ni necesario, hacer chistes con sus muertes aunque pertenezcan al pasado histórico. Hayan fallecido como consecuencia del terror de una sublevación militar o del terror de unos descerebrados pistoleros. Los móviles pueden ser semejantes pero las consecuencias son idénticas. Perversas interpretaciones de la vida política y de la convivencia.

Por ello he sentido estupor al saber que una moza de veintiún años, Cassandra Vera, ha sido condenada a un año de cárcel por realizar “desprecio, burla y afrenta” con sus chistes en las redes sociales sobre el asesinato de Carrero Blanco. Al escuchar la noticia, además de parecerme una situación anacrónica, creí oír la sintonía del NO-DO de fondo. No puede ser, me dije, que se otorgue a la ley antiterrorista una dimensión tan desmesurada.

Mi estupor es, por tanto, consecuencia de la desmesura. No de la existencia de esa legislación con la cual podríamos llevar ante los tribunales, y al infierno de las cárceles, a la propia Conferencia Episcopal. Frente a situaciones sangrantes, como esta de Cassandra, está claro que ha llegado el momento de revisar esa descompensada legislación para evitar injusticias manifiestas y, también, para dejar de darles la razón a quienes consideran que se utiliza para realizar intromisiones ilegítimas del Estado en las libertades individuales de los ciudadanos. O para generar ese miedo terrible que sienten los países cuando les roban el sentido del humor.

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