Pobre aniversario del Tratado de Roma


Camino del 60 aniversario del Tratado de Roma, el fundacional de lo que es hoy la Unión Europea (UE), ésta se debate entre hacerse grande y fuerte o ceder a las presiones de algunos estados y ciertos populismos contrarios a la idea de Europa. Ahora mismo, la crisis existencial que reconocen las propias autoridades de Bruselas exige una reacción inmediata, que se ve condicionada por varias elecciones, sobre todo en Francia y Alemania. Pero las palabras grandilocuentes sobre Europa tienen cada vez menos recorrido, por lo que solo los hechos devolverán la confianza en el proyecto.

 En los últimos años, bajo un acusado dominio de la Alemania de Angela Merkel, ni siquiera Francia fue capaz de sacar adelante las políticas más expansivas que abanderaba en sus comienzos el presidente François Hollande. No solo España, sino también otros países de UE sufrieron devaluaciones internas que, en síntesis, trajeron consigo subidas de impuestos y bajadas salariales. Todo un castigo para millones de personas, a menudo indefensas en medio de una maldita crisis. El problema fue que, frente a la desaparición de empresas, como consecuencia de la destrucción de la economía y de su aparato productivo, no hubo medidas alternativas a ese tremendo drama. Faltaron incentivos, como observa incluso un político tan europeísta como Felipe González.

Tampoco Bruselas se lució. Planes presentados a bombo y platillo, como su idea de poner en circulación más de 100.000 millones de euros para financiar planes de especialización inteligente a través de más de 100 programas y estrategias regionales pasaron inadvertidos, mientras languidecía la llamada estrategia europea 2020, que vincula el desarrollo económico al crecimiento limpio y sostenible.

Por otra parte, aunque la UE ya subrayó en su cumbre de Lisboa de 2000 la necesidad de hacer un esfuerzo especial en I+D+i para aumentar su productividad y competitividad, los resultados fueron tan pobres que casi van allá dos décadas perdidas. Según el periodista y economista alemán Carsten Moser, Alemania fue quizás el único país que hizo sus deberes en cuanto a reformas estructurales y la promoción de I+D+i, porque entre otros motivos la reunificación había tenido como consecuencia un aumento significativo del déficit público, que había que contener. El resultado: la economía alemana tuvo una ventaja comparativa frente a los demás países europeos cuando llegó la crisis del 2008, de ahí que Alemania insista tanto en que los demás países europeos –al menos los de la eurozona– tienen que acelerar sus procesos de reformas estructurales y control del déficit público, si quieren ser competitivos en los mercados del mundo. ¿Pero basta con eso?

En palabras de José Ignacio Torreblanca, la UE carece de un proyecto que organice su quehacer colectivo y de líderes capaces de señalar el camino, de modo que sin un liderazgo claro y lealtades compartidas el proyecto de esta frágil Europa no se sostiene. Por no tener, ni siquiera tiene una buena arquitectura institucional, ya que ni la UE es un Estado ni Europa es una nación, ni la Comisión Europea es un gobierno en sentido estricto. Lo único cierto, como advierte el ex comisario Joaquín Almunia, es que la negociación del Brexit, la llegada de Trump, la necesidad de frenar el auge de la xenofobia y la quiebra del pacto social generan incentivos más que suficientes para facilitar una reacción por parte de los líderes europeos.

 

José Luís Gómez es periodista y editor de Mundiario


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