Modus operandi


A lo largo de mi vida profesional de periodista tuve que valorar y tomar decisiones sobre el emplazamiento de una noticia, sobre la importancia de un tema y, por supuesto, sobre la idoneidad de un asunto para merecer ser o no publicado. No crean que es fácil. O al menos no lo era antes de que la carpa del circo se convirtiera en la sede principal de muchos medios, cuya entrada se valora y paga por la audiencia alcanzada.

Por deformación profesional o por mi natural observador casi todos los días me enfrento a alguno de esos dilemas sin la responsabilidad de decidir. Lo cual no quiere decir que finalmente no me haga un juicio sobre el resultado justo según mi ética personal y ex-profesional.

Ayer y hoy –antes de ayer y la semana pasada también- he tirado al cajón de los no idóneos un montón de reportajes relacionados con el terrorismo. La nueva extravagancia de Donald Trump, decidiendo prohibir a determinados viajeros el transporte de móviles, tablets y similares aparatos electrónicos en los aviones, ha sido una. Otra el atentado de ayer en el Westminster de Londres. Un poco más atrás está el asunto de la desaparición de Diana Quer. En la lejanía los atentados de París y Niza. Y podría seguir sumando.

¿Qué tienen estos temas en común? La acción policial y el resultado informativo. Porque de todos ellos he recibido, y usted conmigo, un puñado de datos, detalles, averiguaciones e imágenes innecesarias para entender las noticias y contraproducentes para el buen funcionamiento de la seguridad mundial.

Gracias a la ocurrencia del loco presidente de EE.UU. y de los avispados informadores, hoy sé cómo debería actuar técnicamente si quisiera utilizar mi ordenador portátil como una bomba de mano. Sin asistir a ninguna clase de terrorismo práctico.

Por mor del atentado de Londres he descubierto que la policía londinense no lleva armas de fuego para su defensa, ni chalecos antibalas y únicamente va equipada con porra, espray y esposas. Y lo que es peor, me han informado de las principales medidas de seguridad de las Cortes españolas, cómo son sus verjas, cómo están equipadas, dónde se sitúan las cámaras de vigilancia y en qué tejados podremos ver en ocasiones a agentes francotiradores armados. Si deseara burlarlos me bastaría con estudiar el vídeo.

Siguiendo la investigación sobre la desaparición de Diana Quer acabé perfectamente informado de qué debo hacer si tengo necesidad de destruir una información oculta en un móvil, para que resulte eficaz sin necesidad de arrojarlo al mar o destruirlo a martillazos, porque ya conozco el modus operandi de los expertos policiales para recuperar la información destruida. Otra buena lección práctica.

Y tras los atentados de París, Niza y ayer en el puente de Londres he recibido un curso acelerado de utilización de camión o el coche bala para matar, con todos los detalles útiles posibles. Quizás algún día utilice todo este saber para escribir una novela de terroristas. Lo malo es que mi libro podría, como las noticias, acabar siendo un manual para aprendices.


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