El rapto de Europa


La partida de cartas versallesca jugada el pasado día 6, entre Merkel, Hollande, Rajoy y Gentiloni, para convertir el eje franco-alemán en un cuadrilátero desequilibrado tras la deserción del Reino Unido, ha certificado la gran desilusión europea. Nos han dicho: “ciudadanos, la Europa de los pueblos, aunque nunca ha existido, ha muerto”. A los cuatro personajes solo les faltó salir del Palacio de Versalles portando el catafalco que las sonrisas forzadas trataban de ocultar.

 La Unión Europea huele a cadáver. La reunión -preparatoria para el Consejo Europeo de ayer y hoy-, quisieron vendérnosla como un necesario paso adelante, al tiempo que hablaban de circular por una Europa de dos o más velocidades. Esto es, una Europa de financieros y otra de consumidores. La misma generadora de las políticas de austeridad, que han fracasado rotundamente. Pero ahora contando con el apoyo de dos grandes víctimas, España e Italia. ¡Qué desfachatez!

Las políticas económicas de Merkel, apoyada por su gran coalición de centro-derecha, y del eje Reino Unido-Francia-Alemania hace tiempo que nos conducen por dos trazados antagónicos, una vieja carretera y una cómoda autovía. Sin embargo, a la prepotente Europa del centro, el brexit la ha hecho trizas. En vísperas del sesenta aniversario del Tratado de Roma, aquella ilusión de una Europa federal igualitaria ha pasado a ser material de museo y nada mejor que el palacio barroco de los Borbones para escenificarlo. ¡Han acertado!

¿Pero, simplemente debemos culpar a Alemania y a Merkel? No nos engañemos. Jamás nos han dejado salir de la Europa de los mercaderes, hemos caminado sesenta años hacia un destino que ahora se desvela planificado para alcanzar el Tratado de Maastricht y dejar que los especuladores raptasen a la vieja Europa. Un plan disfrazado de progreso donde descubrimos que las autopistas, los puertos y los aeropuertos solo fueron creados para transportar productos, la apertura de las fronteras no se hizo para las gentes sino para las mercancías, la unidad monetaria no se forjó para alcanzar la unidad social sino el control económico y la Constitución Europea nunca interesó crearla, evitando así la tentación igualitaria de una federación de Estados.

En realidad hemos vivido el viaje desde el sueño de Roma, si es que existió, de la mano de los mercaderes para llegar a las garras de los banqueros. Ni la Europa de los pueblos, ni la de los ciudadanos han estado nunca en el cuaderno de ruta. La reunión de Versalles ha sido, probablemente, el último retrato de la farsa. Al margen de cuanto suceda estos días en el Consejo, de cuanto se acuerde o de cuanto se intente parchear, la desafección ciudadana frente a ese tinglado no parará de crecer y los cuatro de París –al menos dos de ellos- lo saben. ¡He ahí el drama!

Esta UE no tiene futuro. Nos han señalado la Luna y la hemos mirado en lugar de prestar atención al dedo. Por una vez el tonto hubiera acertado.


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