El camión tránsfobo


Quienes tuvimos la suerte y dicha de acercarnos en nuestros años mozos a las lenguas clásicas recordamos que “fóbos” era, en griego, un sustantivo de la segunda declinación  (temas en –o) que significaba “miedo”. Hijo de Afrodita y del impetuoso Ares, Fóbos era tenido como el dios que personificaba el temor y el horror.  A él se encomendaba Alejandro Magno antes de cada batalla para infundir el pánico entre los enemigos.

Con el tiempo, dio nombre (1877) a la mayor de las dos lunas de Marte. Y  la Medicina echó mano del término para referirse a las fobias, que son, como bien se sabe, un trastorno neurótico  que se caracteriza por un temor enfermizo, anormal e irracional.

No entiendo muy bien, por tanto, por qué de un  tiempo a esta parte tal segmento gramatical se está utilizando como elemento para expresar algo que nada tiene que ver con el miedo, sino más bien con el rechazo  hacia algo o alguien y, muy en especial, en relación con las discrepancias en materia de diversidad sexual. Quien no respalda o se manifiesta a favor de la homosexualidad  ya es considerado como homófobo, aunque no cuestione para nada los derechos que corresponden al colectivo en cuestión. La discrepancia ya es homófoba.

La realidad es que la coletilla –fobo y derivados cada vez se aplica indebidamente a más personas y grupos sociales. Ahora ya son homófobas o tránsfobas hasta ciertas cosas, como ese camión que la organización Hazte Oir ha fletado para sus campañas –que no son sólo de ahora- no tanto contra la homosexualidad o transexualidad cuanto contra la ideología de género que desde ciertos sectores se pretende meter hasta en la sopa.

Ese camión que tan desproporcionada atención mediática está teniendo estos días y que no puede circular por España adelante porque hasta podría constituir un delito de odio según asegura, entre otros, la podemita  Rita Maestre, que profirió aquello de “arderéis como en el 36” en su asalto, semidesnuda, a la capilla de la Complutense y a la que incluso la Justicia dejó tranquila.

Creo, no obstante, que una cosa es que la naturaleza pueda contradecirse y nosotros tener el derecho de enmendarla con los oportunos medios técnicos, y otra muy distinta sostener que la identidad de género es una opción que nada tiene que ver con la biología, tal como cada vez en mayor medida se intenta imponer como dogma.  De ahí el sentido del lema del autobús “que no te engañen”.

Mucho hablar, en definitiva, del supuesto camión tránsfobo y muy poco o nada hacer lo propio con el carnaval blasfemo de Las Palmas, que ha constituido una grave ofensa no sólo para el sentimiento religioso de los creyentes, sino también para la sensibilidad ciudadana más curtida. Todo un grosero y tosco espectáculo que ha triunfado en medio de los votos y aplausos de una multitud enardecida. Creo que tan basta e irreverente diversión pública hubiera merecido mayor atención –y condena- por parte de los medios  sociales, políticos y informativos.


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