Diez años sin avances en el modelo


La crisis económica y financiera se ha gestionado de tal manera que ahora hay en España más desigualdad de la que había. Es algo en lo que todo el mundo coincide. A partir de ahí, ya empiezan las discrepancias entre el Gobierno y la oposición, los empresarios y los sindicatos, los bancos y los consumidores y los medios de comunicación de derechas y de izquierdas. Donde unos ven el vaso medio lleno, otros lo ven casi vacío.

Proclamar la verdad absoluta en un contexto tan controvertido se antoja un objetivo imposible, ya que incluso el puro rigor de los datos de paro, salarios, renta, etcétera es susceptible de manipulación. Por ello, lejos de discutir si el Gobierno lo ha hecho bien o mal, tal vez es más interesante peguntarnos si el propio país está haciendo todo lo que puede hacer.

Un ejercicio así nos aconseja contextualizar la situación de España, que como no puede ser de otro modo es -o debería ser- la propia de un país grande de la Unión Europea, lo cual nos obliga a compararnos con países como Italia o Polonia, por no mentar a los dos grandes líderes, Alemania y Francia. Si hacemos algo así vemos que España es un país con un aceptable nivel de riqueza, no suficientemente industrializado y muy desigual, donde lo que más destaca negativamente es su tasa de desempleo.

España sigue siendo un país atractivo para los turistas, porque aquí se puede vivir bien, pero no para los inmigrantes ni los refugiados, porque saben que en España no hay suficiente trabajo. Tanto es así que ni siquiera es atractivo para muchos jóvenes españoles, que emigran en busca de oportunidades.

Mucha gente podría preguntarse por qué si España ha recuperado prácticamente su nivel de riqueza anterior a la crisis, ahora todo está peor repartido, empezando por el trabajo y los bajos salarios que dan lugar a la precariedad. Lo fácil –incluso para el cronista– sería decir que es por culpa de la política del Gobierno y seguramente que lo es en buena medida, por su manera de gestionar la crisis, pero tal vez es más riguroso apelar a la razón de fondo: su escasa industrialización.

Antes de la crisis estaba todo mejor repartido porque había un sector, la construcción, que distribuía su inmensa riqueza entre millones de personas. Hoy se ha recuperado aquel nivel de riqueza, medida en términos de producto interior bruto, gracias al turismo y las exportaciones, es decir, gracias a una devaluación interna, que simplificando se traduce en ganar menos y trabajar más.

Si en vez de depender tanto del turismo y de las exportaciones de bienes y servicios de bajo valor añadido, España fuese un gran fabricante internacional de motores hechos con patentes españolas, que le permitieran producir y vender automóviles de alta gama o electrodomésticos de máxima calidad, España no tendría los problemas que tiene: una, porque habría trabajo de calidad para mucha gente, y dos, porque los salarios serían mucho más altos. Lo mismo podría argumentarse si España fuese una gran potencia petrolífera con capacidad de refino o la sede de una gran city financiera como la londinense, pero tampoco es el caso.

El problema de España, el principal, es que no tiene un modelo productivo adecuado y en este frente poco o nada se ha avanzado en los últimos diez años. Y menos mal que tiene el turismo en máximos, pues de lo contrario las cosas estarían todavía peor. Es lo –poco– que hay.

 

José Luís Gómez es periodista y editor de Mundiario


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