A puerta cerrada

Me parece un acierto que Rajoy y Puigdemont se reúnan y almuercen en secreto como sucedió el 11 de enero y ha trascendido ahora. Un prestigioso político amigo mío solía decir que los grandes temas convenía plantearlos y acordarlos a puerta cerrada y no en el mercado. Esto era cuando la política aún no se había convertido en espectáculo amarillista y en patio de vecindad. Es decir, cuando la seriedad y la responsabilidad estaban por encima del instante de gloria, del twitter superficial y de la falta de definición ideológica de los agentes públicos.

Es muy difícil que una reunión entre el presidente del Gobierno del Estado y el de Cataluña pueda permanecer en las sombras absolutas. Lo normal es que sus más inmediatos colaboradores estén al tanto o sean informados, como ha sucedido con Soraya Sáenz de Santamaría y Oriol Junqueras. Luego hay otros testigos que callarán o no, chóferes, ujieres, secretarias… El secreto, por tanto, acaba reducido a la verdad absoluta del diálogo no comunicado. A lo que realmente importa, a aquello que se puede poner sobre la mesa con la certeza y la confianza de que las injerencias mediáticas no van a llevarlo a la pista del circo y confundirlo con una plática de payasos.

El ejercicio de la política es confrontación, diálogo, confianza en la palabra dada, negociación y acuerdos entre los responsables implicados. El resto es teatro, o realitys basura. (Hasta Pablo Iglesias, paladín de la supuesta transparencia, nos lo ha dejado dicho recientemente “los asuntos de Podemos no es bueno discutirlos en la prensa”) La reunión secreta de Rajoy y Puigdemont, no debiera considerarse otra cosa que un encuentro formal entre dos dirigentes que necesitan ser leales con sus ideas, con sus representados y con la historia que les ha correspondido dirigir. Y esto convierte a la política en alta política, sin que ello deba entenderse como una traición a nada ni a nadie.

La política basura del titular para el olvido, de la ocurrencia efímera para las redes, nos está llevando a callejones sin salida donde todos los actores son víctimas permanentes de su propia verborrea. “Por la boca muere el pez”, nos habían enseñado para conducirnos a ser responsables de nuestras ideas. Por la boca muere el político, deberíamos decir ahora y debieran de aprender quienes tienen responsabilidades más allá de hacerse oír con un puñado de caracteres incontrolados. Todos esos y esas, quienes acaban enterándose de cuanto dicen al oírse ellos mismos.

Este país necesita más política a puertas cerradas y menos ruido mediático. Especialmente el asunto de Cataluña, donde las desconfianzas superan al pragmatismo necesario para construir la convivencia bien ordenada. Esta defensa que hago del secreto político puede parecer conservadora y hasta reaccionaria, sospechosa de contubernio, pero les digo que no hay nada más retrógrado, ineficaz y socialmente peligroso que mantener reuniones a donde se lleva de antemano el titular de prensa guardado en el bolsillo. Y la discreción en las reuniones políticas nunca será una traición a la transparencia si quienes la practican actúan con solvencia y seriedad.

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