Cierra el infierno

El papa Francisco acaba de poner en duda la existencia del Infierno. Su antecesor, Benedicto XVI, cerró el Purgatorio en 2006 poniendo fin a uno de los pocos logros originales del cristianismo en materia teológica. Como antecedente, durante 800 años estuvo en tela de juicio la idea de Agustín de Hipona sobre la existencia del Limbo, lugar del inframundo al que Tomás de Aquino redujo a simple “estado de felicidad” en el siglo XIII. Desde el 22 de abril de 2007, podemos considerarlo cerrado definitivamente e imaginamos que los ángeles y querubines encargados de la burocracia de ambos lugares –Purgatorio y Limbo- andarán perdidos por el Cielo. No les queda otra, pues en el Infierno ahora también van a ser condenados al paro, tras el cierre de las calderas de Pedro Botero.

Así las cosas, el cristianismo se desprende de las reglas del juego tomadas de los seguidores de Manes y devotos de Mitra allá por los siglos IV y V. Quizás las buenas intenciones del papa Francisco pretendan devolver a la humanidad occidental una idea de felicidad y esperanza sin los terrores y miedos sembrados durante quince siglos por la religión católica. O quizás sea que Francisco, como la mayoría de europeos y americanos, tenga la certeza de que el Infierno está instalado con fuerza y poder en nuestra sociedad tecnológica y ya no resulta eficaz situarlo en el más allá.

El miedo, ya sea al Infierno, a la crisis, a la pobreza, a la guerra, al desahucio, a la falta de sanidad, a la caída de las pensiones o al recibo de la luz, siempre ha sido una regla de juego eficaz para mantener el control de la sociedad. La amenaza del mal, bien utilizada y organizada debidamente, ha producido a lo largo de la historia excelentes réditos a sus productores y administradores. El mecanismo es muy sencillo. El miedo crea conformistas y sumisos porque, por lo general, una gran amenaza coloca contra las cuerdas a la ciudadanía, basta con reducir los efectos anunciados para que el temeroso sienta alivio, aunque se le esté infringiendo un dolor.

Algunos ejemplos del infierno moderno. El primer gobierno de Rajoy anunció la gran hecatombe del rescate de Europa como si de la caja de Pandora se tratara. Después nos los redujo al rescate de la banca, a la reforma laboral, a la pérdida de valor de las pensiones, a los recortes, a la amnistía fiscal… El Infierno pasó a ser simplemente el Purgatorio. Todos aliviados.

¿Qué está haciendo Trump? Rompiendo reglas, levantando muros, rearmando al mundo, insultando a las mujeres, destruyendo la incipiente sanidad universal de EE.UU… Creando su infierno particular. Como no llegará a cumplir todo lo anunciado, occidente sentirá que como Bush o Reagan no era tan feroz el león como lo pintaban.

¿Qué me dicen del independentismo catalán? El Infierno creado por Mas en la calle estos días se ha visto amortiguado con el “yo no sabía” en el banquillo. Se han abierto las puertas del Purgatorio para los constitucionalistas aunque ante ellas veamos a Puigdemont con su semblante mefistofélico. No creo que Francisco consiga cerrar el Infierno

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