Ética o relativismo

Comandados por el vicesecretario Maroto, los redactores de la llamada Ruta social del PP, o ponencia social para mejor entendernos, observaron  en su trabajo la sugerencia  general llegada desde la cúpula del partido de evitar  incendios políticos de cara al congreso que se inicia el próximo fin de semana y,  para no herir susceptibilidades internas,   rehuyeron adentrarse en terrenos pantanosos.

No obstante, lo que no  han podido impedir es que por vía de enmiendas hayan llegado a la  mesa del cónclave cuestiones controvertidas y en principio soslayadas: desde la fórmula de votación en elecciones primarias a otras de mayor relieve como la reconsideración de la actual ley del aborto, la custodia compartida o la maternidad subrogada.

Esta última ha saltado de forma especial a los medios.  Como se sabe, la maternidad subrogada –conocida como  gestación por vientre de alquiler- es ilegal/alegal en nuestro país. En todo caso y en virtud de la ley (mayo 2006; primer Gobierno Zapatero) sobre Técnicas de reproducción humana asistida, el contrato por el que se convenga la gestación, con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncia a la filiación materna en favor del contratante o tercero, es nulo de pleno derecho.

Es cuestión más que polémica mundo adelante. Tanto el Consejo de Europa como el Parlamento Europeo han rechazado en recientes decisiones abrir la puerta a su  reconocimiento legal. Y hace un par de meses la Comisión española de Bioética y Ética médica ha considerado tal práctica como contraria a la dignidad de la mujer, a la ética y al Derecho.

Reavivada estos días aquí, como digo, la controversia a raíz del congreso del PP, altos dirigentes del partido se han visto forzados a definirse  al respecto. Entre ellos, el presidente del PP de Galicia y de la Xunta, Núñez Feijoo, quien se ha mostrado favorable a su regulación y reconocimiento. Y ello, en virtud de un argumento tan peculiar  como que hay mucha gente que quiere tener hijos y no puede y que hay que respetar a quien opte por tal alternativa.

Pero lo que resulta más sorprendente es que en su argumentación Feijoo se remita a una ética que –dice- se va acomodando  con el paso de los años y cuyos  principios  en el tiempo en que vivimos no pueden ser los del siglo XVIII. Se va ajustando, sí, pero no hasta dejarla en cero. Siempre  se  actualiza sumando; nunca restando. No proceder así significa más relativismo moral que ética propiamente dicha; un relativismo que no reconoce nada como definitivo y que impone como pauta de conducta lo que más conviene al individuo en cada caso. No hay postulados éticos a la carta.

Así pues, más que  principios habría primero que  ajustar conceptos: el obrar humano no puede ser valorado moralmente como bueno simplemente por que la intención del sujeto sea buena.

 

 

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