Bauman y la realidad

Zygmunt Bauman, uno de los sociólogos más relevantes de este tiempo falleció recientemente en Leeds, en cuya universidad se refugió en la década de los setenta del siglo pasado huyendo del antisemitismo. De nacionalidad polaca, este notable judío pasara a la historia del pensamiento por su agudeza y claridad en la descripción de la realidad. Una realidad que denominó “líquida” para reflejar por el primado de lo fluido, de lo efímero, de lo relativo frente a lo sólido, lo permanente y lo absoluto.

En este  ambiente en el que incluso el ser humano es considerado un objeto de usar y tirar, se alumbra un individualismo insolidario de cuño consumista que produce más marginación, más pobreza y más exclusión. Y, por contraste, los poderes económicos, que ponen y quitan gobiernos,  y que en ocasiones se saltan a la torera las normas en nombre de la globalización, asumen una posición de dominio en el sistema.

Ni siquiera las redes sociales, que encierran endiabladas trampas, son capaces, dice Bauman, de encubrir la realidad. En opinión de este célebre sociólogo polaco, estas redes son controladas, incluso de forma castrense, teniendo de acceder o salir en función de un jefe o jefes que admiten o excluyen. En un mundo de emergencia, de prisa, de rapidez, dice Bauman, las relaciones virtuales superan lo real. Aunque es ante todo el mundo offline el que impulsa a los jóvenes a estar en constante movimiento, tales presiones serían inútiles sin la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial.

Este individualismo insolidario es calificado por Bauman como ramplante porque cada persona se evade de los lazos comunitarios e ingresa a un mundo de fragmentación en el que el trabajo, el ocio, la familia, las relaciones sociales  son realidades aisladas, líquidas, en las que todo está en constante transformación.

Así las cosas, la virtud del pensamiento de Bauman es que nos permite tomar conciencia de lo que nos pasa y, desde ahí, poder recuperar las señas de identidad de nuestra civilización y sus valores fundamentales. Las personas no son objetos de usar y tirar, sino seres humanos a proteger y defender, especialmente quienes se encuentran en situación de debilidad: los marginados, los pobres y los refugiados. Por eso hace falta poner a la dignidad humana en el centro de la construcción de la cultura y la civilización que se alumbrará en no mucho tiempo. ¿Seremos capaces?

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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