Ante un chico malcriado


Donald Trump fue un populista en campaña, lo cual le dio resultado -no ganó en votos pero sí en representantes y en estados, de ahí que sea presidente de la primera potencia del mundo-, y ha vuelto a ser un populista en su toma de posesión. Nada nuevo bajo el sol. ¿Le dará también resultado como presidente?

Es probable que su receta económica comience por dar buenos resultados a corto plazo en EE UU, pero no es tan seguro que suceda lo mismo a medio y largo plazo, por lo que no habría que descartar rectificaciones a riesgo de un efecto boomerang, ya que todo lo que va vuelve.

El discurso de Donald Trump, además de populista, es nacionalista. Su populismo ambiciona satisfacer los deseos más primitivos de una colectividad, sin reparar en sus consecuencias éticas o económicas. Su nacionalismo sin complejos es un factor de riesgo económico para el mundo; léase Europa y léase España.
Donald Trump también es demagógico en su afán populista de poner el pueblo contra las élites y a los Estados Unidos contra los demás países, salvo Rusia, Gran Bretaña y Taiwan. Lo ha retratado bien el escritor inglés John Carlin: es un hombre de 70 años con el desarrollo emocional de un chico malcriado. Vendría a ser como un niño sin el como.

Visto desde España, un país que comercia básicamente con Alemania y Francia, socio de la eurozona, la música de Trump suena mal. No solo por su populismo, su nacionalismo y su demagogia, sino por sus anuncios económicos, que de confirmarse no auguran nada bueno para Alemania ni para la Unión Europea; léase tampoco para España. En este caso no es especialmente relevante la relación bilateral -lo único que le preocuparía a Trump serían las bases de EE UU en territorio español y están a salvo-, sino el impacto de su política aislacionista en materia económica. Sorprende hablar así del jefe de Estado de un país que es un modelo de democracia, de diversidad y de apertura al mundo, pero -visto lo visto- nada es para siempre.

¿No hay nada positivo en Donald Trump? Puede que sí. Del mismo modo que es tan claro hablando -y tan bruto- se supone que será consciente de que otros también pueden serlo con él, en un mundo menos políticamente correcto. Y si eso es así, tal vez se vaya calmando, porque no solo él sabe ser así. Siguiendo la estela de Carlin, la vida nos enseña que hay chicos malcriados que terminan por serenarse y ser gente normal. Como debe ser. ¿O no?.

 

José Luís Gómez es periodista y editor de Mundiario


© 2011 Galega de Comunicación e Información, S.L.U. - Aviso legal - Contacto