Con la luz a cuestas

Con una temperatura media de 9,5 grados, enero de 2016 tuvo en toda España un carácter extremadamente cálido. Lo dicen los informes meteorológicos: 2,3 grados por encima de lo habitual en dicho mes. Desde 1961 fue el mes primero de año más templado. Tal día como ayer, en Alvedro/A Coruña llegó a registrarse una máxima de 22,1; esto es, 1,3 grados por encima del valor anterior más elevado (año 1998). En Lavacolla/Santiago se superó también el mejor registro, que databa de 1969. Y para Peinador/Vigo habría que remontarse para lo mismo a 1959, por poner sólo unos ejemplos.

Lógico es, pues, que con los fríos extremos que estamos padeciendo se haya producido un notable mayor consumo de calefacción y que, con el sistema de precios variables vigente desde finales de 2013, el recibo de la luz se incremente por aquello de la ley de la oferta y la demanda en el mercado mayorista.

Y lógico será, en consecuencia, que cuando las bajas temperaturas aflojen, el precio de la energía vaya volviendo a su sitio y se enderece un mercado ya de por sí volátil y complejo de entender para el profano. Las comparaciones con años anteriores hay que hacerlas con cuidado.

A estas alturas de la película bien se conoce la confluencia de una serie de factores climáticos, todos ellos fortuitos, que en una especie de tormenta perfecta han forzado a que la electricidad más barata haya debido ser sustituida por producción más cara (gas, especialmente), con la inevitable repercusión al alza en el recibo de la luz. La alarma social subsiguiente no se ha hecho esperar.

Más desapercibido está pasando la reducción de la capacidad disponible en Francia tras la revisión no programada allí de una veintena de centrales nucleares, que comenzó en octubre. El sistema del país vecino, con una dependencia de hasta el 75 por ciento de la energía nuclear, ha sido incapaz de atender los picos de demanda provocados por la ola de frío y ha drenado la producción de los países fronterizos con unos flujos que han disparado los precios y las alarmas. En realidad, Francia no sólo está desestabilizando el mercado eléctrico de nuestro país, sino también el de Alemania, Bélgica y Reino Unido.

Desconozco lo que mañana dirá el ministro Nadal en su comparecencia ante la Comisión de Energía del Congreso. A mediados de enero llegó a declarar con cierta temeridad que si se mantenían los niveles actuales el precio para el consumidor podría subir en unos cien euros anuales. Tampoco estuvo nada brillante -y muy inoportuna- la Fiscalía de lo Civil del Tribunal Supremo, dependiente de la Fiscalía General del Estado, abriendo diligencias para investigar las causas del aumento de precios; es decir, criminalizando de alguna manera el proceso ante la opinión pública, que es lo que inevitablemente sucede cuando interviene el Ministerio público.

Ya está suficientemente zarandeado el sector, como para que otros vengan a sacudirlo sin necesidad aparente. Las demagogias políticas y mediáticas no se han hecho esperar.

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