Poder y corrupción

 

El poder tiende a la corrupción y el poder  absoluto corrompe absolutamente”. Esta famosa y polémica sentencia atribuida a Lord Acton, un político e historiador inglés de la segunda mitad del siglo XIX, se recita con ocasión y sin ella en todos los discursos y escritos sobre esta terrible lacra que asola el mundo de uno a otro confín.

Ciertamente, cuanto más cerca se está del poder aumentan las probabilidades de ser tentado y, por ende, de sucumbir ante los encantos del dinero o de la notoriedad. Es verdad. Pero también debemos considerar que a lo largo de la historia el número de políticos y altos cargos que se han corrompido es muy inferior al de quienes han desarrollado su labor de forma limpia y honesta. Por tanto,  el poder, de cualquier signo que sea, puede ser usado bien o mal.

Estos días ha estado en España el presidente del Grupo de Estados contra la Corrupción del Consejo de Europa (GRECO) y ha hablado sobre estos temas. Marin Mrcela, que así se llama este magistrado del Tribunal Supremo  de Croacia, ha dicho que la corrupción no es inherente al poder, es el resultado de actos individuales inaceptables.

Esta afirmación, atinada y certera, pone de relieve que, en efecto, los actos de corrupción, no son actos mecánicos, realizados inevitablemente  por quienes ejercen el poder. Son, cuando se producen, actuaciones libre del ser humano que, por las razones que todos sabemos, prefieren usar el poder en su propio beneficio que al servicio del servicio objetivo al interés general.

La corrupción es, pues, la desnaturalización del poder, que en lugar de dirigirse a la mejora de las condiciones de vida de las personas, se orienta a la mejora de las condiciones de vida de quien lo ejerce, de su familia o de las personas del grupo político o social al que pertenece.

El poder tiende a la corrupción cuando no existe una clara vocación de servicio a la comunidad por quien lo ejerce, algo en los tiempos en que estamos, de mediocridad rampante en tantas y tantas actividades, bastante frecuente. Pero no porque el poder inexorablemente lleve a la corrupción, sino porque algunos de los llegan a la cúpula o al vértice solo buscan como único objetivo el máximo aprovechamiento posible, en clave económica o de dominio y control.

Los partidos políticos, y las fundaciones a ellos vinculadas, debieran trabajar más y mejor para atraer al servicio público a aquellas personas en las que existiendo una inclinación a la res publica, por su preparación y educación entiendan y practiquen la vocación de servicio,  inherente al desempeño de altas responsabilidades públicas. La sociedad  lo agradecería, y mucho.

 

Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de Derecho Administrativo

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