Casi como en diciembre

Si los gabinetes de prensa y fontaneros políticos varios se tuvieran que dedicar a desmentir o precisar el cúmulo de infundios, falsedades e inexactitudes que a diario llegan a la opinión pública, las calderas informativas de partidos e instituciones no harían otra cosa. Y máxime en estos tiempos en que por las sobrevaloradas redes sociales corre tanta basura.

Lo que sucede es que a base de escuchar todo ello –incluso a modo de música celestial– tantas y tantas veces y dejarlo pasar, con el tiempo se van asentando una serie de convencimientos y sentimientos que luego son muy difíciles, por no decir imposibles, de desarraigar y resituar en sus justos términos. Quince días de campañas electorales no llegan ni de lejos para desmontar tan persistente aguacero.

Es un poco lo que está pasando con los populismos antisistema de todo signo: se les ha dado tanta cancha que el monstruo se ha escapado de la jaula. Y acaba de sucederles a los británicos, cuya falta de reacción a tiempo ante el discurso de trazo grueso contra toda emigración –la que aporta y la que sólo carga– ha terminado con sus huesos fuera de las instituciones europeas.

Se trata en este caso de un populismo alentado por un tipo marginal llamado Nigel Farage y por un partido de corta militancia, con sólo el 12,6 por ciento de los votos en las elecciones generales del año pasado, pero que a falta de eficaces mensajes positivos en contrario ha conseguido convulsionar no sólo a su propio país, sino a la vieja Europa toda.

Una vez asentado un sentimiento resulta más que complicado luchar contra él. Y si quienes pretenden combatirlo lo hacen sólo cuando truena o desde argumentos básicamente económicos y de nulo calado ideológico, el fracaso está más que garantizado. Los sentimientos terminan por imponerse.

Pero no hace falta irse tan lejos. Las elecciones del domingo en nuestro país se planteaban también desde la torpeza de los partidos tradicionales, y muy especialmente del Partido Socialista, ante el asalto que viene padeciendo el sistema por parte del populismo de extrema izquierda de Podemos y sus confluencias.

El Partido Socialista los mimó cuando hace cinco años el movimiento de los indignados ocupó las grandes plazas del país. Y después los ha aupado a ayuntamientos y comunidades autónomas. Se especulaba con que ahora pudieran pasar la correspondiente factura. Pero no. Al final puede haber funcionado el voto del miedo.

No ha habido el sorpasso. El PSOE mantiene el liderazgo de la izquierda y Pedro Sánchez salva la silla. Los malos resultados de Ciudadanos dificultarán la mayoría suficiente con un crecido PP. Y el Partido Socialista tiene la llave. ¿Dejarán a Sánchez en su partido pactar con Podemos? Seguimos casi como en diciembre.

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