Rajoy, ganador incontestable

Hay que reconocerles que son verdaderos maestros en el arte del fingimiento. Hasta con cara de satisfacción comparecieron los luenas, hernandos y demás aplaudidores de turno mientras su jefe de filas, ya con el escrutinio prácticamente cerrado, hacía balance de la jornada, reprochaba a Pablo Iglesias haber desaprovechado la oportunidad del 20 D y agradecía a la militancia el esfuerzo desplegado.

Como en esto de las elecciones y de la vida misma no se consuela el que no quiere, Pedro Sánchez celebraba que el PSOE seguía siendo la fuerza hegemónica de la izquierda y que se había evitado el adelantamiento o sorpasso por parte de Unidos Podemos, aunque bien era cierto que el partido había cosechado el peor resultado de su historia, perdido 120.000 votos y cinco escaños y se había visto desplazado por el Partido Popular en feudos clásicos como Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha.

Con todo, esta su única baza se debía más a deméritos ajenos que a méritos propios, pues los malos resultados del partido de Iglesias habían dejado el listón muy bajo. La coalición con Garzón/Izquierda Unida no sólo no multiplicaba votos, sino que ni siquiera sumaba los sufragios obtenidos por separado el 20 D, perdía un millón doscientas mil papeletas y no ganaba un solo escaño más.

Y mientras Albert Rivera se lamía las heridas de su frustración, no hacía autocrítica alguna sobre sus erráticas políticas de pactos y culpaba a la ley electoral vigente de la pérdida de cuatrocientos mil votos y nada menos que ocho diputados, en los altos despachos de Génova 13 despertaban como de una larga pesadilla: contra viento y marea y contra unas encuestas nada halagüeñas, el tiempo había dado la razón a Mariano Rajoy con unos resultados que –creo- ni ellos mismos esperaban.

De otra manera no se explica la comparecencia en el balcón de un Mariano Rajoy prácticamente noqueado por la emoción, sin poder articular el más mínimo y coherente discurso. Pero el momento no era para menos: clara victoria en votos y escaños, seiscientos mil sufragios ganados, catorce nuevos diputados en el hemiciclo, primera fuerza en catorce comunidades autónomas y en cuarenta y dos capitales de provincia y, sobre todo, mejores perspectivas para poder formar gobierno, amén del reforzamiento político personal que todo ello conllevaba. Como para saber por dónde empezar.

En resumidas cuentas: la jornada electoral del domingo ha dejado un ganador incontestable, Mariano Rajoy, y un perdedor sin paliativos: Pablo Iglesias. Ya algún comentarista ha acuñado con fortuna el “Iglexit”. El electorado les ha bajado los humos a él y a sus gentes. Ahora sólo falta que hagan lo propio los grandes medios que tanto y tan gratuitamente los han jaleado.

Ya en el debate a cuatro el realizador televisivo no apartó el zoom del primer plano en los continuos y expresivos gestos de Pablo Iglesias, que fue con mucho quien más cámara acaparó. Y el domingo mismo TVE cerraba su programa especial sobre la jornada con la fiesta de Podemos. La verdad es que no sé qué podían celebrar ni a qué venían aquellas imágenes.

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