El puente está roto

Me da la impresión que al debate a cuatro del lunes se le pedían de antemano dos objetivos un tanto complicados de alcanzar: que sirviera para ilustrar a quienes aún no tuviesen decidido su voto y que dejara ver por dónde podrían ir los pactos que desde la misma noche del 26-J los partidos habrán de ir perfilando para la formación de un gobierno que evite –sí o sí– una tercera convocatoria electoral.

Que con el aluvión de datos macroeconómicos y la catarata de promesas en el aire que en este tipo de encuentros suelen ofrecerse, esperar –digo– que el nutrido sector de indecisos pudiera menguar de manera significativa, viene a ser poco menos que imposible. Los precedentes dicen que, en todo caso, suele resultar más decisivo el talante y la fiabilidad mostrados por los candidatos en liza que los programas concretos presentados.

Además, en esta ocasión, el debate quedaba muy lejos de la jornada electoral, por lo que, a juicio de los expertos, la campaña propiamente dicha seguirá siendo decisiva para la movilización de los dubitativos. Si del encuentro Rajoy-Sánchez de mediados de diciembre persistió en la memoria poco más que el grave insulto del secretario general socialista al candidato del PP, del habido el lunes se recordará la novedad del formato a cuatro con los principales presidenciables en escena, el tono más moderado del mismo y muy poquito más. Cumplido el trámite, ya se ha perdido en las agendas políticas y mediáticas.

Tampoco se podía esperar mucho sobre adelanto de pactos postelectorales. Hubiera significado comprometerse demasiado pronto, con quince días de campaña por delante. Casi una eternidad. Y ello a pesar de que el vigente formato cuatripartito debería convertir esta cuestión en tema central.

No fue así en el debate del lunes. Rajoy e Iglesias se decantaron con claridad: gran coalición y pacto con el PSOE, respectivamente. Y aunque en esto de los acuerdos ya se sabe por dónde respira, Sánchez se limitó a llorar por la leche derramada y a culpar a terceros del fracaso de su intentona anterior.

¿Y Rivera? Pasó –me parece– un tanto desapercibido. Pero la realidad fue que el líder de Ciudadanos hostigó a Rajoy desde el minuto uno y sin medias tintas. Y no sólo, como no podía ser de otra forma, en lo referido a la corrupción. “Habrá Gobierno y habrá cambio”, fueron sus primerísimas palabras. Da, pues, toda la impresión de que el puente Ciudadanos-PP, Rivera-Rajoy o viceversa está más que roto.
Desde el lunes para acá, el dirigente de C’s ha continuado derribando arcos de esa nunca estable pasarela entre ambas formaciones. Su discurso empieza a parecerse cada vez más al tajante “no es no” de Pedro Sánchez. Y no creo que se trate de pura táctica.

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