“Pónganle patas”

Conocí a un empresario que cuando los colaboradores le presentaban el plan operativo anual de sus negociados para el siguiente ejercicio, tras escuchar sus brillantes exposiciones, les exigía más concreción con una expresión muy coloquial: “Ahora, pónganle patas”.
En su jerga de directivo “ponerle patas” significaba designar al responsable de cada plan de acción, fijar plazos de ejecución, seguimiento y evaluación y cuantificar con detalle el coste económico que debía ajustarse a la asignación presupuestaria fijada por la empresa.

Me acuerdo del rigor de aquel empresario estos días de campaña electoral cuando escucho a los candidatos a la Presidencia del Gobierno –debate del lunes– adornar sus relatos con un catálogo amplio y variado de promesas, desde renta básica y complementos salariales, rebaja de impuestos y creación de miles de empleos públicos hasta Estado de Bienestar gratuito y blindado, marcaje a los ricos, pensiones garantizadas, algunas reformas y muchas derogaciones…

La lista es inmensa. Prometen prosperidad y abundancia sin límites con soluciones candorosas para problemas complejos, pero la mayoría de las promesas son tan generalistas que se asemejan más a un catálogo de buenas intenciones que a propuestas serias, acordes con la situación y posibilidades económicas de España. Da la impresión de que viven en otro país.

Esa poca concreción alcanza a veces la categoría de mentira descarada, algo muy propio del entusiasmo de los candidatos que prometen hacer lo que saben no pueden cumplir y distribuir lo que no hay. Deberían ser más respetuosos con la gente “poniendo patas” a sus ofertas, pero es tan notoria su falta de rigor que ni siquiera alcanzarían el nivel de jefes de negociado con aquel directivo empresarial.

Dicho esto, los ciudadanos también debemos hacer autocrítica. Son comprensibles el cabreo y las ganas de dar un revolcón a los viejos partidos por su desidia y mala gestión de la crisis, pero tampoco hay que dejarse “teleidiotizar” por las atractivas mentiras de los “gestores del descontento” que se suben a un taburete y prometen una arcadia feliz.

Como apuesta de futuro es más solvente dejarse seducir por razonamientos serios que por esos cantos de sirena que, en palabras de Moisés Naín, contienen ideas muertas que ya fueron probadas y fracasaron. La corta experiencia de la gestión de los nuevos está sirviendo para que los malos de antes parezcan aceptables ahora.

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