Adios, clase media, adiós

Uno de los objetivos de la socialdemocracia real –la del PSOE histórico- fue el fomento y crecimiento de la clase media como medida para alcanzar el reparto social de la riqueza, equilibrar los medios de producción y el consumo, propiciar la igualdad de oportunidades educativas y culturales, alcanzar la universalidad de la sanidad, sostener el derecho a pensiones dignas y equitativas, y alcanzar el Estado del bienestar universal. En tres décadas, tanto en España como en Europa, crecimos tanto en ese sentido que llegamos a creer irreversible lo logrado. Hoy sabemos que no era cierto.

Las medidas de progreso implantadas durante los gobiernos de UCD y de Felipe González fueron un verdadero ejercicio político de lucha de clases silenciosa gracias al escaparate de valores sociales con que se llevó a la práctica. La muerte de la autarquía precedente, el desmantelamiento de monopolios y oligopolios, las reconversiones industriales de empresas protegidas por el erario, la entrada en la UE… transformaron nuestra sociedad gracias al crecimiento de la llamada clase media, plataforma social de la que emergieron los yupis, los emprendedores, los nuevos profesionales formados en las Universidades, los consumidores cualificados, el Estado del bienestar… -los pillos, los corruptos y los del pelotazo ya estaba ahí, lo grave fue no prevenirlos.

En 1975 el 39% de la población era considerado clase baja porque el salario familiar era inferior a los 20.000 euros. Este rasero económico sigue siendo el que define el suelo de la clase medida, en 2004 situada en 59% de la población, hoy no llega al 52%. Con todo, lo más grave es que la clase baja a vuelto a subir al nivel de 1975 y las clases medias se ahogan en la precariedad. En los últimos cuatro años unos tres millones de ciudadanos han bajado ese escalón en el baremo de las “castas” tradicionales.
El empobrecimiento de la clase media y el recorte sistemático de la sociedad del bienestar, al que estamos siendo sometidos por la falta de regulación de los mercados por los estados y la especulación financiera, no solo está llevando al empobrecimiento de las masas sociales, sino también a la destrucción de la cultura del progreso. Un fenómeno realmente sorprendente en el que los ciudadanos hemos pasado a ser solo consumidores, preferiblemente con formación obrera simplemente. Un nuevo feudalismo que, paradójicamente, acabará por fagocitar al sistema capitalista sobre el que especula.

Hoy ha empezado la campaña electoral del 20-J en la que la clase media tendrá la palabra de nuevo para repartir suerte. Sin embargo en los programas conocidos no se habla de este estamento –ni de ninguno explícitamente-. Ni siquiera los comunistas parecen creer ya en la lucha de clases frente a una sociedad narcotizada por la filosofía economicista y la demoscopia. Pero, por desgracia, aún seguimos divididos en clases: alta, media y baja.

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