Víctimas del progreso

 La semana pasada fue impactante la noticia de la muerte de una adolescente en Murcia atropellada por un tren, víctima de su imprudencia por cruzar por sitio indebido pero también del mal uso del progreso que encarnan los móviles porque «iba distraída con los auriculares puestos y manipulando su teléfono»

El caso de la joven murciana da pié para hablar de otras víctimas del uso inadecuado de las tecnologías, aunque por fortuna no tengan consecuencias tan trágicas. Según el «Estudio sobre el uso problemático de Internet y las redes sociales entre los adolescentes gallegos» realizado por la Unidad de Psicología del Consumidor y Usuario de la Universidad de Santiago, uno de cada cuatro adolescentes puede considerarse «adicto o usuario problemático» de Internet, las redes sociales y el móvil.

Sobre una muestra de 4.000 adolescentes de entre 12 y 18 años de las provincias de A Coruña y Pontevedra -los resultados son representativos para el conjunto de Galicia, dice el profesor Rial Bouteta- el estudio señala que el 86 por ciento tienen teléfono móvil con conexión a Internet, el 83 por ciento se conecta a diario, muchos más de cinco horas y algunos todo el día, y casi todos están registrados al menos en una red social. Llama la atención que uno de cada tres adolescentes reconoce tener contactos en la red con desconocidos y es inquietante que un 14 por cien -16.000 jóvenes- hayan mantenido encuentros con ellos, lo que crea una situación propicia para el Grooming, la nueva forma de pederastia.

De la aportación de este y otros trabajos se puede concluir que las sociedades han destinado muchos recursos a construir e implantar el universo digital, una infraestructura imprescindible para la pervivencia exitosa de las propias sociedades. Pero se ha invertido muy poco o nada en formación para que los usuarios activos estén informados de las consecuencias de la mala utilización de las tecnologías.

Esas consecuencias pueden ser perversas para los adolescentes. En este sentido es preocupante, según dicen ellos mismos, el poco o nulo control de los padres sobre el uso que hacen sus hijos de Internet y de los móviles, cuando su papel es fundamental -no se puede delegar esta función a la escuela- racionalizando el acceso, supervisando y acompañando a sus hijos en esos «viajes» por la red para evitar que sean víctimas en su vida personal, familiar y escolar del mal uso de las armas que les entrega el progreso.

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