¿Qué pasa en Siria?

La vida confortable que llevamos los privilegiados de esta Europa rica y pacifica nos entretiene muchas veces con historias menores que impiden que veamos las calamidades que padecen otros seres humanos. Como los refugiados, que en su singladura por el Mediterráneo -no hay día sin catástrofe-, en su peregrinaje entre fronteras o hacinados en campamentos infrahumanos dejan las imágenes estremecedoras de la primera gran catástrofe humanitaria del siglo XXI.

Proceden de muchos países, pero ahora hablar de refugiados es pensar en los sirios. «¿Qué pasa en Siria?», pregunta un personaje dibujado por el humorista satírico El Roto. «¡Calla, no preguntes no vaya a ser que les estemos suministrando armas!», contesta su interlocutor. Ambos personajes de la ficción pueden ser trasuntos de mandatarios occidentales que en Siria -antes en Irak, Afganistán o Libia- hacen bueno el dicho de poner una vela a Dios y otra al diablo porque hay indicios razonables de que varios países de este occidente acomodado siguen abasteciendo de armas, a la vez, al régimen de Bachar Al Assad y a los que luchan contra él y cabe pensar que ocurre lo mismo en otros países en conflicto.

Lo cierto es que esta guerra de Siria despiadada e injusta, como todas las guerras, responde a un cúmulo de intereses geopolíticos y económicos y ya ha causado 360.000 muertos y cerca de 5 millones de refugiados, casi el doble de la población de Galicia, que huyen del terror, de la persecución y de la muerte.

Ningún Estado puede enfrentarse a esta tragedia en solitario. Necesitamos, dice el presidente de Italia, una política común, acciones coordinadas y mucha solidaridad. Pero la política europea de inmigración -otro fracaso de Europa- se reduce a la consternación que muestran sus dirigentes después de una catástrofe, al clamor contra las mafias y al extraño acuerdo firmado con Turquía para confinarlos en un país que no respeta los derechos humanos. La celosa protección de fronteras explica que en el viejo continente solo haya cabida para unos pocos miles.

Europa y demás naciones de Occidente deberían gestionar de otra forma estas oleadas que en gran medida son consecuencia de su actuación política en los países de origen de las riadas humanas. Entre otras razones porque seguirán llegando y puede ocurrir que estas víctimas de un destino trágico de la historia que Europa confina en Turquía se presenten en sus fronteras en avalanchas incontenibles.

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